Los ritmos de la historia analizada en diversos libros actuales

Liberalismo en armas

JORGE TAMAMES

Melania y Donald Trump junto a Barack y Michelle Obama en la escalera del Capitolio tras la toma de posesión del primero como 45º presidente de Estados Unidos (Washington, 20 de enero de 2017). BILL CLARK/GETTY
Para detener la ola extremista que se avecina urge entender el malestar que la impulsa, los mecanismos que emplea y las medidas para contenerla, que difícilmente serán cosméticas.

Los cañones de agosto, la obra maestra de Barbara Tuchman sobre el estallido de la Primera Guerra Mundial, comienza en 1910 con nueve reyes europeos y una inmensa delegación diplomática rindiendo honores póstumos a Eduardo VII de Inglaterra. “Juntos representaban a setenta naciones en la concentración más grande de realeza y rango que nunca se había reunido en un mismo lugar y que, en su clase, había de ser la última. La conocida campana del Big Ben dio las nueve cuando el cortejo abandonó el palacio, pero en el reloj de la Historia era el crepúsculo, y el sol del viejo mundo se estaba poniendo, con un moribundo esplendor que nunca se vería otra vez”.

Al funeral de John McCain, celebrado el 29 de agosto en la Catedral Nacional de Washington, acudió la flor y nata del establishment político estadounidense. Barack Obama, George W. Bush, los ex vicepresidentes Dick Cheney y Joe Biden, el matrimonio Clinton y un Henry Kissinger sempiterno, entre otros, despidieron allí al veterano senador republicano. “Nunca dudamos de que estábamos en el mismo equipo”, admitió Obama en su discurso de homenaje a quien fuera su rival presidencial en 2008. Y es que, en aquella ceremonia, una sola ausencia eclipsó a todos los presentes: la del verdadero rival de McCain, Donald Trump, que tras humillar al senador repetidamente se hizo con su partido y con la presidencia de Estados Unidos.

Un mundo que muere y un mundo que nace. Al paso del segundo y en defensa del primero salen hoy politólogos destacados de la Universidad de Harvard, con dos salvas que harán mella en la opinión pública. Se trata de El pueblo contra la democracia, de Yascha Mounk; y Cómo mueren las democracias, de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt. A su manera, los tres autores comparten un mismo objetivo: proteger al llamado orden liberal en su hora más oscura.

 

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El pueblo contra la democracia
Yascha Mounk
Barcelona: Paidós, 2018

 

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Cómo mueren las democracias
Steven Levitsky y Daniel Ziblatt
Barcelona: Ariel, 2018

 

¿Cómo de grave es la situación? Ya no podemos dar la democracia liberal por hecho, advierte Mounk. Cuando Juan Linz y Alfred Stepan ­teorizaron los procesos de consolidación democrática, los presentaron como dinámicas irreversibles en cualquier país con ingresos altos. Hoy, sin embargo, la regresión afecta a cada vez más sociedades ricas. Ausentes las condiciones que las apuntalaron en el periodo de posguerra –una calidad de vida en alza, homogeneidad étnica-cultural y un control estricto de los medios de comunicación de masas–, las democracias liberales se enfrentan hoy a retos críticos para su supervivencia.

Los escenarios que Mounk plantea siguen un patrón recurrente. El autor comienza admitiendo la naturaleza de determinados problemas, explica lo compleja –cuando no imposible– que es su resolución y, finalmente, propone reformas modestas. Así, por ejemplo, las redes sociales aumentan la polarización hasta extremos peligrosos. Pero la solución no pasa por restringir su uso o promover un modelo diferente de gobernanza digital, sino por la autorregulación de los gigantes de Internet. No queda claro por qué monopolios como Facebook renunciarían voluntariamente a su modelo de negocio; tampoco que este parche fuese a aplacar a los votantes de candidatos antisistema, a quienes Mounk intenta, pero no siempre consigue, tratar sin condescendencia.

 

Liberalismo y democracia se entrelazaron fruto de una coyuntura específica, pero en la actualidad asistimos a su bifurcación

La observación más lúcida del libro tiene que ver con la relación entre democracia y liberalismo. Mounk señala que ambas tradiciones se entrelazaron fruto de una coyuntura histórica específica, pero que en la actualidad asistimos a su bifurcación. Así, nos encontramos con regímenes democráticos que aplastan derechos y libertades individuales –como la Hungría de Víktor Orbán–, pero también con un liberalismo que no respeta las decisiones de electorados supuestamente soberanos –por ejemplo, la Unión Europea cuando laminó al gobierno griego en 2015. Es una advertencia pertinente pero deudora del trabajo de Chantal Mouffe, que en el pasado teorizó la tensión irreconciliable entre las tradiciones liberal y democrática. Una fricción que, lejos de destinar la democracia liberal al fracaso, la convertiría en un juego dinámico y abierto, siempre susceptible a articulaciones cambiantes.

El motivo por el que El pueblo contra la democracia evita citar a Mouffe no es difícil de imaginar. La filósofa belga y teórica del populismo responsabiliza del auge de la extrema derecha a la “tercera vía”, adoptada por políticos centristas como el alemán Gerhard Schröder y el británico Tony Blair, de cuyo Instituto para el Cambio Global Mounk es director ejecutivo. No deja de ser revelador que incluso los enemigos declarados del populismo recurran a las ideas de sus teóricos más destacados.

La propia Mouffe vuelve a la carga con Por un populismo de izquierdas, una lectura más breve que sus ensayos habituales y que define como “una intervención política” en vez de un ejercicio teórico. La decisión es consistente con su posición de referente para partidos como Podemos, Francia Insumisa o el laborismo de Jeremy Corbyn. Mouffe considera que vivimos en un momento populista, fruto de la desestabilización de la hegemonía neoliberal que se impuso en la década de 1980. Tras la crisis de 2008, el consenso que aunó a centro-derecha y centro-izquierda en torno a una agenda de desregulación, privatizaciones y austeridad se ha vuelto insostenible.

 

978-987-629-870-4

Por un populismo de izquierdas
Chantal Mouffe
Madrid: Siglo XXI, 2018

 

El futuro depara, por tanto, un enfrentamiento entre populismos de izquierda y derecha. La diferencia entre ambos, siempre según la autora, radica en la manera en que trazan una frontera para definir a sus adversarios. Los populistas de izquierdas construyen un “pueblo” –concepto que para Mouffe es discursivo, y no una realidad preexistente– opuesto a las oligarquías y las fuerzas del neoliberalismo, pero no adoptan la agenda violenta y excluyente de sus rivales. Por eso representan la mejor oportunidad para rescatar a las democracias liberales de su actual impasse, radicalizando los compromisos de estos sistemas con la solidaridad y la libertad. Ello requiere abandonar tanto los dogmas neoliberales que han aprisionado a la socialdemocracia, como el esencialismo de clase que gripa a la izquierda heredera del comunismo.

El futuro depara un enfrentamiento entre populismos de izquierda y derecha. La diferencia radica en la manera en que trazan una frontera para definir a sus adversarios

¿Qué aspecto adoptaría entonces el proyecto populista? Mouffe recurre al ejemplo de Margaret Thatcher, imprescindible para cualquier fuerza política que se pretenda transformadora hoy. La dama de hierro no solo sepultó el consenso keynesiano de posguerra, también configuró un escenario social y afectivo favorable a la desregulación de los mercados (“la economía es el método –observó con gran inteligencia–, el objetivo es cambiar el alma”). El mayor logro de Thatcher, como llegaría a admitir, fue subordinar el laborismo británico al proyecto del Partido Conservador.

La misión del populismo de izquierdas es promover un cambio de paradigma comparable pero de signo contrario: revirtiendo los avances del mercado, incorporando las demandas del ecologismo y el feminismo, rearticulando democracia y liberalismo en un equilibrio que devuelva más poder a la primera de estas dos tradiciones. Un componente esencial de esta estrategia es lo que Mouffe denomina agonismo: un estilo político que identifique a rivales a los que combatir vigorosamente y derrotar, siempre dentro de las reglas democráticas. Mejor eso que venerar el consenso y engañarse pensando que se juega “en el mismo equipo” que los adversarios, como Obama dijo de McCain.

Para Levitsky y Ziblatt, ese es precisamente el problema. En Cómo mueren las democracias, los autores ahondan en el trabajo pionero que el primero de ellos realizó sobre autoritarismo competitivo y regímenes híbridos. Lo hacen para sonar la alarma: ahora el retroceso democrático no ocurre en Venezuela o Rusia, sino en Estados Unidos e incluso en Europa. El mecanismo, no obstante, es el mismo: “hombres fuertes” que llegan al poder mediante elecciones y subvierten las reglas del juego democrático desde dentro, vaciándolo de contenido.

Ante semejante amenaza, no basta con erigir cortapisas institucionales o defender la vigencia de una Constitución. La clave se encontraría en un ámbito más etéreo: el de las normas democráticas, el debido respeto institucional y la búsqueda de acuerdos entre partidos. Cómo mueren las democracias sostiene que la erosión de estas normas está en la raíz de fenómenos autoritarios de diferente índole. Se trata de una noción extendida en EEUU, que descarrila tan pronto los autores la aplican al Chile de Salvador Allende, donde el golpe de Estado de Pinochet queda presentado como consecuencia de un enfrentamiento descortés entre democristianos y socialistas, en vez de un desenlace previsible en el contexto de la guerra fría.

Una alternativa a equiparar a populistas de izquierda y derecha es presentar a los segundos como herederos del fascismo europeo

También en EEUU cabe preguntarse hasta qué punto las normas democráticas son el puntal de la democracia. En la estela de politólogos como Norman Ornstein y Thomas Mann, Levitsky y Ziblatt identifican –acertadamente– la radicalización del Partido Republicano como responsable de la polarización del país. Aunque los autores le culpan de responder a una oposición incondicional mediante decretos presidenciales, Obama pasará a la historia como uno de los presidentes más deferentes de EEUU, exquisitamente cortés con sus rivales. Y, sin embargo, su presidencia ha desembocado en la de Trump. Tal vez convenga plantear la pregunta inquietante que Anton Chigurh, el asesino de No es país para viejos, realiza a una de sus víctimas tras emboscarla: “Si las reglas que sigues te trajeron a esto, ¿por qué sigues esas reglas?”

La solución por la que abogan los autores es un liberalismo menos plebiscitario. Su reivindicación de cordones sanitarios y vetos legales contra los partidos “antisistema”, así como unas élites partidistas menos condicionadas por primarias, ahondan en la idea de que nos enfrentamos, de nuevo, a la rebelión de las masas. No está de más recordar que Trump ganó las elecciones pero perdió el voto popular; o que el senador socialista Bernie Sanders, cuya campaña el Partido Demócrata boicoteó –en una maniobra que Ziblatt y Levistky aprobarían– podría haber triunfado donde Hillary Clinton pinchó, a juzgar por las encuestas publicadas en 2016. Siguiendo la hipótesis de Mouffe, el mejor candidato contra Trump hubiese sido un populista de izquierdas.

Como ocurre con el libro de Mounk, la variedad temática de Cómo mueren las democracias es su principal atractivo y también su talón de Aquiles. Si Mounk emplea una brocha gorda para equiparar a partidos como Podemos, Syriza, el Frente Nacional y Alternativa para Alemania, Levitsky y Ziblatt hacen lo propio con Hugo Chávez, Pinochet, Mussolini, Rodrigo Duterte y Trump, entre otros. Una alternativa sería renunciar a esta equiparación de izquierda y extrema derecha y entender a esta última como heredera de la larga noche europea. ¿Conviene presentar a ­Matteo Salvini y su Liga como fascistas? Para responder a esta pregunta resulta esencial Contra el fascismo, el famoso ensayo del escritor italiano Umberto Eco.

 

9788426405685

Contra el fascismo
Umberto Eco
Barcelona: Lumen, 2018

 

Pronunciado por primera vez en la Universidad de Columbia en 1995, el discurso de Eco, de fácil lectura, esboza 14 características del fascismo. Muchas de ellas, el machismo, la xenofobia y la obsesión con conspiraciones son también rasgos definitorios de los nuevos partidos de extrema derecha. Eco señala al mismo tiempo que el fascismo no posee una quintaesencia tangible: es una “colmena de contradicciones”, capaz de readaptar su discurso a escenarios cambiantes. Una característica que el trumpismo –merced de los bandazos que da su líder– posee en abundancia.

Con todo, no parece que llamar “fascista” a la extrema derecha sirva para frenar su auge o exponer la verdad oculta de su agenda. Para detener la ola extremista que amenaza a las democracias liberales urge entender el malestar que la impulsa, los mecanismos que emplea para avanzar y las medidas necesarias para contenerla, que difícilmente podrán ser cosméticas. Con sus errores y aciertos, los cuatro libros aquí reseñados presentan un punto de partida excelente.

España: la historia de una frustración

En España: la historia de una frustración, Josep M. Colomer sostiene que las fuentes de la actual “frustración” nacional española se derivan de haber pretendido un imperio universal, que de hecho alcanzó a tener 14 millones de kilómetros cuadrados, 30 veces el tamaño de la península. El legado de este imperialismo prematuro, para el que España no estaba preparada, fueron el militarismo y el clericalismo.

Libros de las Jornadas de Seguridad, Defensa y Cooperación

 

V Jornadas: Repercusión de la crisis económica mundial en el Mediterráneo

Estrategia Española de Seguridad y su incidencia en el área mediterránea

Incidencia de la situación del Sahel en el Mediterráneo

Un nueva conciencia de Defensa: Seguridad económica, diplomática, cultural y militar

España y la Seguridad Compartida para el Mediterráneo (Análisis jurídico y conceptual)

España y la Seguridad Compartida para el Mediterráneo

Málaga y Cervantes: La espada y la pluma. Tomo I. Ciclo de conferencias y edición de publicaciones

Málaga y Cervantes: La espada y la pluma. Tomo II. La OTAN ante el terrorismo

Málaga y Cervantes: La espada y la pluma. Tomo III. El fenómeno terrorista y su incidencia en el Mediterráneo (similitudes entre dos épocas históricas)

Málaga y Cervantes: La espada y la pluma. Tomo IV. Fondos documentales y Exposición itinerante

Actas de las XI Jornadas de Seguridad, Defensa y Cooperación. “El nuevo orden mundial”

 

 

 

Revista Ejército, nº. 931 de noviembre de 2018

DOCUMENTO: El Servicio de Psicología del Ejército de Tierra

  • “Posverdad. La nueva estrategia bélica” del Tcol. López Jiménez.
  • “Los intereses de Rusia: los conflictos de Osetia y Abjasia” del Sr. Peña Ramos.
  • Mission Command. Una necesidad adaptada a su tiempo” del Tcol. Cuesta Vallina.
  • “Iskander” del Cap. Manrique Montojo.
  • “Año 718, nacimiento del Reino de Asturias y de la epopeya española” del Cor. Suevos Barrero.
  • “147 años de historia del Centro Cultural de los Ejércitos” del Cor. Aneiros Gallardo.
  • “Tratado de Versalles, la paz que no supo evitar la II Guerra Mundial” del Sr. Yuste Arija.
  • “Guinea Ecuatorial, año 1969. Un final inesperado” del Cor. Quijano Junquera y el Sr. Sevillano Queipo de Llano.

“50 años del reglamento del Servicio de Investigación Operativa” del Tcol. Bargueño Díaz-Villarejo

Revista Ejército número 931 de noviembre de 2018

Decadencia. Vida y Muerte de Occidente, por Michel Onfray

Ética para un Occidente ‘poscristiano’, reseña del libro por LUIS ESTEBAN GONZÁLEZ MANRIQUE

  • Autor: Michel Onfray
  • Editorial: Paidós
  • Fecha: 2018
  • Páginas: 492 págs.
  • Ciudad: Barcelona

“La verdad es norma de sí misma y de lo falso, al modo como la luz se revela a sí misma y revela las tinieblas”.

Baruj Spinoza, Ética (1677)

Durante casi 600 años los frailes dominicos de Florencia habían habitado el convento de San Marcos, uno de los centros espirituales y culturales de la ciudad de Leonardo y los Medici, célebre por sus frescos de Fra Angelico y porque allí fue detenido Girolamo Savonarola el 9 de abril de 1498 para ser ejecutado pocos días después.

En septiembre, el superior de la orden en Italia cerró sus puertas. En el convento solo quedaban cuatro frailes ancianos. La orden fundada por Domingo de Guzmán en Toulouse en 1216, durante la cruzada albigense, es la última víctima de la sequía de vocaciones clericales en el catolicismo.

El crepúsculo de la Iglesia

Aunque a escala global la población católica ha duplicado su tamaño desde 1970, el número de clérigos es el mismo de entonces, según datos del Vaticano. Cuando Juan Pablo II visitó Irlanda en 1979, casi un millón de personas, la tercera parte de la población, asistió a la misa papal en el Phoenix Park de Dublín. En esos años el 90% de los irlandeses era practicante. El divorcio y los anticonceptivos estaban prohibidos y las leyes civiles consideraban la homosexualidad como un delito. La doctrina de la Iglesia era de enseñanza obligatoria en las escuelas públicas.

Este verano, pocos meses después de que un referéndum aprobara el aborto, el papa Francisco solo congregó en ese mismo parque a la décima parte de fieles. En 2015, Irlanda fue el primer país del mundo en aprobar el matrimonio homosexual en una consulta popular, lo que permitió al actual primer ministro, Leo Varadkar, casarse con su novio de toda la vida.

En su discurso de bienvenida al Papa, Varadkar denunció los “crímenes [pedofilia] de miembros del clero protegidos por la Iglesia a expensas de víctimas inocentes”. Francisco le escuchó contrito y pidió perdón.

En Polonia, la película más vista este año ha sido Kler (nombre despectivo de curas y monjas), la historia de tres sacerdotes y un obispo que se emborrachan, roban fondos de sus diócesis y encubren a pederastas, de los que ellos mismos fueron víctimas cuando niños en orfanatos católicos.

Durante la guerra fría, la Iglesia polaca fue la guardiana de valores –nacionales, culturales, morales…– alternativos al del régimen comunista. Hoy el apoyo de la jerarquía episcopal es vital para el gobierno ultraconservador que lidera desde las sombras Jaroslaw Kaczynski, que ha recompensado generosamente a los obispos por su respaldo político.

En España, la exhumación, aprobada por el Congreso, de los restos del dictador Francisco Franco del Valle de los Caídos y su probable traslado a la cripta de la catedral madrileña de la Almudena, ha resucitado los fantasmas del pasado cesaropapista del antiguo régimen. En abril de 1939, Pío XII proclamó urbi et orbi  que España había dado a “los prosélitos del ateísmo la prueba más excelente de que por encima de todo están los valores eternos de la religión”. El nacionalcatolicismo franquista concedió a la Iglesia inmunidad legal, exenciones fiscales y tranquilidad, pero en lugar de restaurar la “cristiandad”, el clericalismo del régimen agravó la “apostasía de las masas”.

Cuando Jacques Maritain, el filósofo católico cuya obra inspiró al concilio Vaticano II, advirtió a los clérigos filofascistas que su sola existencia contradecía las enseñanzas evangélicas, era ya demasiado tarde. Hoy en España la práctica religiosa es tan baja como en los demás países europeos.

No es casual. Hasta 1962 rigieron los dogmas del Concilio Vaticano I de 1870 que condenó el materialismo, el darwinismo, el ateísmo, el protestantismo, el panteísmo, el deísmo, el racionalismo, el comunismo, el laicismo y la masonería, es decir, todos los “ismos” asociados con la modernidad.

 La deserción de la grey

La deserción de la grey católica se debe en gran parte a los escándalos de pedofilia atribuidos a miembros del clero. El Decamerón de Giovanni Bocaccio, una de las obras cumbre del Medioevo, ya hablaba de la doble moral sexual católica. Según el historiador Michael Mullet, Lutero acusó a León X, el papa Medici que enfrentó la Reforma protestante, de vetar la restricción del número de efebos que los cardenales tenían para sus placeres eróticos.

En 1761, Denis Diderot escribió La Religieuse, una novela basada libremente en la vida de su hermana Angelique, que fue forzada a entrar en un convento. El encierro la sumió en la angustia y la desesperación. Con apariencias de una novela erótica, era en realidad una obra moralista y una denuncia de la inútil virtud del celibato, de las pasiones reprimidas por el dogma católico y de la dureza de la vida femenina en sociedades patriarcales y misóginas.

Pero la creciente irreligiosidad en Occidente no solo es cosa del mundo católico. Aunque en EEUU el 70% dice creer en Dios, un reciente estudio del Barna Group, que investiga el papel de la religión en la vida pública, mostró que el 75% de los creyentes o practicantes ha dejado de mantener conversaciones de naturaleza espiritual o religiosa.

Una búsqueda del corpus digital del Google Ngram –que recoge textos de millones de libros, diarios, paginas webs y discursos publicados entre 1500 y 2008–, muestra, por la frecuencia del uso de ciertos términos, que el empleo de palabras religiosas vienen cayendo de modo sostenido en el mundo anglosajón desde principios del siglo XX. No es extraño. A la mayoría de la gente le disgusta lo mucho que esas palabras han perdido sentido por el uso y el abuso.

El trono y el altar

En la Edad Media Tomás de Aquino sostuvo que la Iglesia era el sol y la Corona la luna. Así, el poder temporal refleja la luz del poder espiritual, fuente de toda energía política. El problema es que el control estatal de las estructuras eclesiásticas conduce a la teocracia, inviable en las sociedades occidentales.

Según Ralph Burhoe, director del Zygon Journal of Science and Religion, la ciencia moderna ha hecho insostenibles los antiguos mitos religiosos, que solo se podrían regenerar en términos modernos creíbles.

Este cambio ontológico en la weltanschaung occidental es el asunto medular de Decadencia: Vida y muerte de Occidente, el segundo tomo de la trilogía Breve enciclopedia del mundo en la que Michel Onfray explica su filosofía de la historia tras exponer en Cosmos su filosofía de la naturaleza. En la tercera entrega, Sabiduría, formulará una filosofía práctica.

Onfray parte de una idea categórica: la potencia de una civilización se mide por la potencia de la religión que la legitima. Cuando una religión está en fase ascendente, la civilización participa de su apogeo, pero cuando decae, la acompaña en su ocaso. Y cuando la muere, fallece con ella. Así como generó ruinas, la Iglesia ha terminado siendo una de ellas, como Stonehenge, Carnac o Palmira.

Una secta exitosa

Según Onfray, una religión es solo una secta que ha tenido éxito. Y según él las ideas de la secta mesiánica judía fundada a partir de las enseñanzas y la vida de un Rab (maestro de la ley) galileo en la época de la dinastía Julio-Claudia y del segundo Templo judío son hoy insostenibles.

Reconvertida en una religión de Estado por Constantino, el cristianismo hizo de los textos bíblicos la fuente insuperable de toda ontología, ciencia, filosofía, historia, política , astronomía, geología y moral. El problema para Onfray es que todo esa estructura ideológica se construyó sobre la vida de un hombre, que cree que ni siquiera existió, hecha de alegorías, fábulas y mitos reciclados de ficciones místicas y milenaristas orientales, ritos paganos e ideas gnósticas y neoplatónicas.

Esculpido por siglos de teología escolástica, el ascetismo cristiano invita a vivir sin todo lo que hace corporal la vida humana porque está basado en el culto de un cuerpo incorpóreo. En el siglo IX, Juan Escoto Erígena sostuvo que en la resurrección el sexo sería abolido porque la naturaleza humana se reunificaría –en forma masculina– como si nunca hubiera pecado. Según su interpretación del Génesis, Adán era la verdadera imagen de Dios y Eva solo una pálida imitación y la culpable de que el hombre perdiera la inmortalidad y su dominio sobre la naturaleza: la caída.

El Jesús histórico

Las investigaciones del llamado “Jesús histórico” solo han conducido a un puñado de certezas. Alrededor del año 5, nació un niño judío en la aldea galilea de Nazareth, que se encontraba a escasa distancia de Seforis, una próspera villa romana de lengua griega de unos 40.000 habitantes que contaba con una acrópolis, un banco y una actividad comercial importante con toda la ecúmene mediterránea.

En las enseñanzas de Jesús se encuentran rasgos de las principales corrientes de pensamiento judío de la época, sobre todo esenias y de la escuela farisea del Rab Hillel. Era un tsadik, un justo, que no predicaba guerras ni conquistas sino arrepentimiento y buenas obras.

En una época en la que se ungían mesías con insistente regularidad, los saduceos (sacerdotes del Templo) y los fariseos, antecesores de los rabinos, le consideraron un transgresor de la halajá (la ley judía), por lo que terminaron denunciándolo ante las autoridades romanas. Para un brutal pretor de Judea como Pilatos, cualquier judío que se considerara mesías o rey era un traidor del imperio, un crimen para el que la Lex juliana solo conocía un castigo: la muerte.

Según Joseph Klausner (Valkininkai, Lituania 1874-Jerusalén, 1958), director de la Encyclopedia Hebraicay tío abuelo del escritor israelí Amos Oz, Jesús murió como un judío devoto, lo que descarta que se considerara de naturaleza divina.

En su libro Jesús de Nazaret (1946), el primer ensayo importante escrito por un erudito judío moderno sobre su figura, Klausner sostiene que todo lo demás son leyendas provenientes de siglos posteriores, cuando gran cantidad de gentiles habían abrazado un cristianismo ya helenizado.

Pablo de Tarso vio con claridad que el futuro de la nueva religión dependía de ellos y no de los judíos, que permanecieron inmutables en su incredulidad. A medida que pasó el tiempo, su imagen espiritual fue cada vez más y más exaltada hasta que, finalmente, alcanzó la medida de lo divino.

El Sol Invictus

En su libro Constantine the emperor (2013), David Potter escribe que en una carta al obispo de Arles, el sucesor de Diocleciano le aseguró que el Sol Invictus, del que él era sumo sacerdote, era también el dios de los cristianos y el dios de la creación y también el de las batallas y del Estado.

Según Onfray, Constantino fue un pagano hasta que comprendió que convertirse en cristiano tenía un interés político: con ello terminaban las persecuciones de los cristianos, que podrían convertirse en ciudadanos plenos. Para un político práctico como él, las divisiones eclesiales por especulaciones metafísicas eran absurdas, por lo que impuso al concilio de Nicea su propia versión del nuevo credo ortodoxo, redactado probablemente por Hermógenes, un monje capadocio. Ese texto contiene las palabras más conocidas atribuidas a un emperador romano: el credo niceno.

Hasta entonces, los obispos no habían creído necesario un credo universal, pero sí lo era para un administrador imperial que conocía la utilidad de un código normativo y de una teología política que sostenía que “todo poder viene de Dios”. El Derecho es en ese sentido lo que está en conformidad con la voluntad divina. Y puesto que Dios y el rey son el padre y sus súbditos son sus hijos, toda rebelión o repudio de la sujeción es inaceptable.

Según Potter, el credo niceno no emergió de un proceso de debates teológicos sino de una decisión legislativa y política del emperador. Onfray sostiene que el cristianismo es por ello una transfiguración del antiguo culto romano al Sol Invictus tras su asimilación de creencias, símbolos y rituales semíticos , lo que creó una religión híbrida a la que Roma imprimió organización racional y grandeur imperial.

Constantino regaló a los obispos de Roma el palacio Laterano, que pertenecía a su mujer, como residencia, y construyó basílicas imperiales lujosamente ornamentadas con mosaicos y objetos litúrgicos de oro.  Fiestas paganas que celebraban solsticios y equinoccios y el movimiento de los planetas por el cielo, se convirtieron en la Navidad, la epifanía, la pascua, la resurrección… El domingo, dies solis, se transformó en el dies Domine por orden de Constantino el 3 de julio de 321.

En la teología patrística Cristo mismo es el sol: Sol justiciae. Los obispos de Roma se proclamaron Pontifex maximus, uno de los títulos de los emperadores. La loba fue devorada por el cordero.

En Sacred trust: the medieval church as an economic firm, Robert Tollison y Robert Ekelun sostienen que hacia el siglo XV la Iglesia controlaba el 40% de las tierras agrícolas más ricas de Europa.

Al final, el abuso de sus poderes hizo perder a Roma Europa del norte, que al desembarazarse de la teocracia papista hizo de la política un asunto sujeto a reglas de juego terrenales.

Epicureismo trascendental

Para Onfray, la alternativa a la superstición no es la religión new age, el ecologismo neopagano y panteísta o las espiritualidades neochamánicas, sino el regreso de Occidente a sus raíces estoicas. Como Diderot y D’Holbach antes que él, Onfray reivindica al poeta epicúreo Lucrecio (Titus Lucretius Carus, que vivió en Italia en la primera mitad del siglo I), que formuló una cosmología materialista y una ética sin supuestos sobrenaturales que aspira a la ataraxia y la serenidad como ideales de vida.

En su poema Rerum natura, Lucrecio elogió a Epicuro por liberar a los hombres de las cadenas de la religión. El epicureísmo trascendental de Onfray consiste, por ello, en una ética puramente utilitaria. “No era, fui, no soy, no tiene importancia”, rezaba un epitafio estoico: Nil igitur mors est ad nos, concluía Lucrecio.

Si esa ética será suficiente para insuflar nueva vida espiritual y un sistema moral coherente a la exhausta civilización de Occidente ante un islam en plena forma demográfica y unos europeos entregados al individualismo consumista, Onfray lo deja en el aire: “La nada es un destino cierto”, concluye.

Política Exterior. Libro de la semana