INFORMATION MANIPULATION. A Challenge for Our Democracies. A report by the Policy Planning Staff (CAPS, Ministry for Europe and Foreign Affairs) and the Institute for Strategic Rechearch (IRSEM, Ministry for the Armed Forces)

AUTHORS

Jean-Baptiste Jeangène Vilmer, Alexandre Escorcia, Marine Guillaume, Janaina Herrera.

ABOUT CAPS AND IRSEM

The Policy Planning Staff (Centre d’analyse, de prévision et de stratégie), known as CAPS, created in 1973, reports to the Minister for Europe and Foreign Affairs. Composed of around twenty experts, diplomats and academics, CAPS produces trans-disciplinary and forward-looking analyses of medium- and long-term developments in the international arena for the benefit of the French Foreign Minister and French authorities. It also proposes foreign policy recommendations and strategic options drawn from its own analysis and interactions with the world of think tanks and academic research in the field of international relations.

The Institute for Strategic Research (Institut de recherche stratégique de l’École militaire), known as IRSEM, created in 2009, is the research institute of the Ministry for the Armed Forces. Composed of around forty people, including both civilians and military personnel, the majority of whom hold doctoral degrees, IRSEM’s primary mission is to promote French research on defense and security issues. In addition to conducting research internally (for the benefit of the Ministry) and externally (for the wider strategic community), the IRSEM also encourages the emergence of a new generation of researchers (la relève stratégique), contributes to higher military education and engages in public debate on questions related to defense and security.

CAPS and IRSEM each produce independent analyses that do not constitute official positions. Therefore, the opinions expressed in this report are only those of the authors and are in no way those of the Ministry for Europe and Foreign Affairs, the Ministry for the Armed forces or, a fortiori, the French government.

To cite this report

J.-B. Jeangène Vilmer, A. Escorcia, M. Guillaume, J. Herrera, Information Manipulation: A Challenge for Our Democracies, report by the Policy Planning Staff (CAPS) of the Ministry for Europe and Foreign Affairs and the

Institute for Strategic Research (IRSEM) of the Ministry for the Armed Forces, Paris, August 2018.

This report is available in French and in English (this is an English translation of the original French document).

Printed in Paris, August 2018.

ISBN: 978-2-11-152607-5

Cover © Antonio/Getty Images.

© 2018 CAPS (Ministry for Europe and Foreign Affairs) and IRSEM (Ministry for the Armed Forces).

Texto completo

 

Oriente Medio después de la derrota militar del califato, una aproximación global

CUADERNO DE ESTRATEGIA Nº 196, Coordinado por Josep Piqué

INTRODUCCIÓN (Josep Piqué)

Empiezo con una justificación: aunque el uso correcto en nuestra lengua, desde nuestra perspectiva geográfica, nos debería llevar a hablar de Oriente Próximo, utilizaremos, por influencia anglosajona (y particularmente nortea- mericana), la traducción literal de Middle East, dado que tal expresión se ha generalizado también en nuestro idioma.

Tal denominación comprende una extensa área geográfica —el mundo árabe más Israel o los kurdos— que se extiende desde el golfo pérsico hasta Egip- to, aunque cabría incorporar, a efectos analíticos: en el este, por supuesto, a Irán, pero también a Afganistán y a su frontera con Paquistán; en el oeste a buena parte del norte de África y el Sahel, y por el norte al Cáucaso y, por supuesto, a Turquía. Son zonas y países no árabes (excepto en el norte de África) aunque con importante presencia de bereberes, tuaregs y otros, todos ellos con un protagonismo indiscutible en la región. Además, es im- posible referirse a Oriente Medio sin introducir en el análisis a potencias extrarregionales con profundos intereses en la zona, como Rusia, Estados Unidos o la Unión Europea, incluyendo específicamente a Francia o el Reino Unido. Sin entender esa enorme complejidad enraizada en la geografía, la historia, la cultura o la religión, cualquier análisis rápido o superficial lleva a importantes (y a menudo trágicos) errores.

Los actuales acontecimientos en la región (incluyendo el norte de África —lo que los anglosajones llaman MENA (Oriente Medio y norte de África)—) están llenos de aparentes contradicciones, alianzas de geometría variable y cambios de aliados o enemigos; es un lugar en el que el aforismo de que el

enemigo de tu amigo es tu enemigo, y el amigo de tu enemigo es tu amigo, no tiene por qué cumplirse. Y, en cambio, sí que se cumple otro: los conflictos producen extraños compañeros de cama.

Máxime cuando es una obviedad que lo que sucede en la región (en su sen- tido amplio) sobrepasa ampliamente el alcance de sus fronteras, y que ma- nejar sus conflictos internos requiere de análisis profundos sobre las raíces históricas, étnicas o religiosas de los mismos y, por supuesto, del papel de los diferentes actores, ya sean protagonistas, principales o secundarios.

Además, cabe decir que Occidente ha incurrido demasiado a menudo en pro- fundos y dramáticos errores por esa ausencia de profundidad y de rigor y por una tendencia irrefrenable a la simplificación, aplicando criterios west falianos, una lógica «occidental» y la tentación, muchas veces materializada, de la utilización de la fuerza militar. Por ello, hemos aprendido (con un coste altísimo en términos humanos) que los conflictos complejos requieren ac- tuaciones complejas y que no basta con ganar guerras convencionales: lo importante es prevenir las guerras y manejar las posguerras, teniendo en cuenta todos los intereses en presencia, con el fin de conseguir estabilidad y paz y, a ser posible, justicia en el trato de todos los actores del escenario, lo que incluye ciertas dosis de equilibrio entre los diferentes valores y obje- tivos. Lamentablemente, en los últimos años (y una vez superada definitiva- mente la lógica de la guerra Fría y la división bipolar) no ha sido así, y hoy la región (a pesar de la derrota sobre el terreno —en Irak y Siria— del Dáesh) está devastada en gran medida, con una enorme inestabilidad e incertidum- bre, y es el terreno de juego de todo tipo de intereses de potencias externas, que juegan muy a menudo al margen de cualquier escrúpulo convencional.

Por ello, cualquier aproximación intelectual requiere de análisis específi os de confl concretos, pero, sin duda, de un planteamiento global sin el cual es imposible e inútil aislarlos de su contexto. Y esa es la aproximación metodológi- ca del presente documento: analizar los confl más candentes (Siria —inclu- yendo el Líbano—, Irak, Israel-Palestina, Yemen, la guerra subsidiaria entre Irán y Arabia Saudí o el terrorismo yihadista más allá del Califato y la resiliencia de Al Qaeda), pero incardinarlos todos ellos en una perspectiva global que les apor- te comprensión intelectual y una mayor capacidad de análisis para la correcta toma de decisiones por parte del conjunto de la comunidad internacional.

En las próximas líneas intentaremos profundizar en ese contexto global para enmarcar las diferentes aproximaciones a los conflictos concretos que, de manera brillante, han efectuado cinco grandes especialistas y profundos conocedores de la región.

Para ello, es inevitable remitirnos a la situación creada por el colapso del Imperio otomano (potencia dominante durante siglos en la región) al final de la i Guerra Mundial, cuando desaparecieron, además, otros tres grandes Imperios: el zarista, el austro-húngaro y el alemán.

Cuaderno de Estrategia nº 196 del IEEE. Completo para descargar

GRUPO DE TRABAJO:

Coordinador:             D. Josep Piqué Camps

Exministro de Asuntos Exteriores del Gobierno del Reino de España

Vocal y Secretario:    D. Ignacio Fuente Cobo

Coronel de Artillería (DEM)

Analista Principal del Instituto Español de Estudios Estratégicos

Vocales:Dª. Pilar Requena del Río

Periodista de TVE

D. Juan José Escobar Stemmann

Diplomático. Miembro del Consejo Científico del Real Instituto Elcano

D. David Poza Cano

Ingeniero Industrial del ICAI

Máster en Análisis y Prevención del Terrorismo

 Amable Sarto Ferreruela

Coronel de Artillería (DEM) EMAD-Cuartel  General-JRRHH

Revista Ejército nº 929 de septiembre de 2018

También podrá leer:

  • “La caballería hispano-marroquí derriba las murallas de Hámara” del Sr. Pando Despierto.
  • “Los valores y amor inteligente” del Sr. Milans del Bosch y de Oliva.
  • “La guerra de tres bloques” del Sr. de Carlos Izquierdo.
  • “DÁESH (I)” del Sr. Igualada Tolosa.
  • “Organización y empleo de la división actual” del Cte. Pereira Carmona.
  • Valiant Linx 18: la Brigada Guadarrama XII a examen” de la Brigada Guadarrama XII.
  • “El ejército y la gestión del conocimiento” del Tte. Ojeda Soler.
  • “La guerra de 1808. Nueva denominación” del Sr. Durántez Prados.

Revista Ejercito numero 929 de septiembre 2018

El cuaderno rojo: imponderables al pedir un crédito

Reseña del libro “El cuaderno Rojo: imponderables de pedir crédito”: 26.08.2018. Todo son finanzas

Benjamin Constant es una muestra del hombre ilustrado europeo. Viajó por todo el continente, dominó varios de sus idiomas, fue culto, refinado, seductor y vividor, con frecuencia se batió en duelo, y desempeñó relevantes cargos públicos en la Francia posterior a Napoleón.

De sus múltiples idilios el más sonado fue con Madame de Stäel, y de su círculo de relaciones merecen ser destacados personajes de la talla de Sismondi, Goethe o Schiller.

Pasados los cuarenta comenzó a redactar sus memorias, que no llegó a concluir, y que se centran en sus primeros 20 años de vida, especialmente en lo acaecido en 1787, dos años antes de la Revolución. Se trata de “El cuaderno rojo” (Periférica, 2008), por el  color de las tapas del cuaderno en que fueron escritas.

Son unas memorias que han servido de modelo para otras escritas con posterioridad, en las que se aprecia el carácter del joven Constant, no muy diferente del del Constant maduro (“Sola inconstantia constans”, era su lema). En la nota preliminar de Manuel Arranz de la edición a la que hemos tenido acceso se le define como “impulsivo, ingenuo, caprichoso, tímido, temerario, voluble, apasionado, indeciso, decidido, intrigante” (pág. 11).

Constant, como todo buen jugador y “bon vivant”, contraía deudas por doquier, que, por supuesto, eran diligentemente satisfechas por su padre. “El cuaderno rojo” muestra cómo a finales del siglo XVIII era frecuente el libramiento de letras de cambio para instrumentar y asegurar el pago de deudas, así como la existencia de bancos con presencia en varios Estados, ya fuera bien mediante la apertura de sucursales, bien mediante relaciones de corresponsalía.

A propósito del juego y las deudas, Constant relata “una aventura bastante divertida con una de las mujeres más ancianas del círculo de Madame Suard” (págs. 47-50):

“Se trataba de Madame Saurin, mujer de Saurin, el filósofo y autor de Espartaco. Había sido muy hermosa, cosa que sólo recordaba ella, pues tenía sesenta y cinco años. Me había distinguido con su amistad, y aunque yo había cometido la equivocación de burlarme un poco de ella, tenía más confianza en Madame Saurin que en cualquier otra persona de París. Un día había perdido en casa de Madame de Bourbonne todo el dinero que tenía, y todo el que me había podido jugar a crédito. Presionado para que pagara, se me ocurrió recurrir a Madame Saurin para que me prestase lo que me faltaba. Pero como yo mismo desaprobaba aquella acción, le escribí en lugar de hablarle, diciéndole que iría a recoger su respuesta durante la velada. Y, en efecto, fui. La encontré sola. Mi timidez natural, aumentada por las circunstancias, hizo que esperase bastante tiempo a que ella me hablase de mi nota. Finalmente, como ella no decía palabra, me decidí a romper el silencio, y empecé ruborizándome, bajando la mirada, y con una voz trémula:

—Os extrañará, tal vez —le dije—, mi atrevimiento. Me entristecería que os formarais de mí una impresión desfavorable por algo que no me hubiera atrevido a pediros nunca, si su amistad, tan grata para mí, no me hubiera animado a ello; la confesión que acabo de haceros, que vuestro silencio me hace temer que os haya ofendido, me ha sido arrancada por un irresistible impulso de confianza en usted.

Todo esto lo iba diciendo deteniéndome en cada palabra, y sin mirar a Madame Saurin. Viendo que no respondía nada, levanté la mirada y vi en su expresión de sorpresa que no daba crédito a mi sermón.

Le pregunté si no había recibido mi carta, y resultó que no. Desconcertado, de buena gana hubiera retirado mis palabras, si hubiera encontrado otros medios para salir del atolladero en que me encontraba. Pero no tenía más recursos. Había que continuar. Y continué:

—Usted ha sido tan buena conmigo, me ha demostrado tanto cariño. Tal vez me haya hecho demasiadas ilusiones. Pero hay momentos en que un hombre pierde la cabeza. Nunca me perdonaré si he traicionado su amistad. Por favor, permítame que no hable más de esa desafortunada carta. Permítame que le oculte lo que escapó de mí en un momento de obnubilación.

—No —me contestó—, confíe en mí. Quiero saberlo todo, acabe, acabe.

Y se cubrió el rostro con las manos mientras todo su cuerpo temblaba. Comprendí claramente que había tomado todo lo que acababa de decirle por una declaración de amor. Aquella equivocación, su emoción y una gran cama de damasco rojo que había a dos pasos de nosotros, me sumieron en un inexplicable terror. Pero reaccioné como un cobarde indignado y me apresuré a deshacer el equívoco.

—En el fondo —le dije—, no sé por qué la molesto con algo tan insignificante. He cometido la torpeza de jugar, perdí algo más de lo que dispongo en este momento, y os escribí para saber si podríais hacerme el favor de prestarme lo que me falta para salir del paso.

Madame Saurin permaneció inmóvil. Apartó las manos de su rostro, que ya no necesitaba ocultar. Se levantó sin decir una palabra y me entregó el dinero que le había pedido. Estábamos tan turbados, ella y yo, que todo transcurrió en silencio. Ni siquiera abrí la boca para darle las gracias”.

En conclusión: a la hora de pedir dinero a crédito, sobre todo para saldar deudas de juego, hay que ponderar todos los riesgos, incluso los más insospechados…

 

Lo que el dinero sí puede comprar

180819 Cataluna Declaraciones Calvo

Reseña de José Marí López Jiménez en 24.08.2018. Todo son finanzas

Nos da la impresión de que Carlos Peña escribió “Lo que el dinero sí puede comprar” (Taurus, 2018) como reacción directa a la obra de Michael Sandel “Lo que el dinero no puede comprar”; también creemos que el detonante definitivo para poner a Peña en marcha fue un paseo, en un fin de semana, por uno de esos grandes centros comerciales (un “mall”, en sus propias palabras), casi todos ellos idénticos, que podemos encontrar en las grandes ciudades de prácticamente cualquier lugar del mundo. Hay otro elemento de gran importancia para conocer qué pudo impulsar a Peña, de formación jurídica, sociológica y filosófica, a escribir este libro sobre los mercados, el consumo y dinero: su nacionalidad chilena, lo que le permite conocer de primera mano la tensión entre comunismo y capitalismo, y la transición de un régimen a otro.

Conocedores como somos de lo que “El dinero no puede comprar”, nos parece aventurado, sin restarle ni un ápice de su calidad y originalidad como pensador, poner a Sandel a la altura de Aristóteles, Santo Tomás, Rousseau, Durkheim, Marx, Polanyi…

En este libro de Carlos Peña prevalece el profundo análisis de la obra ajena, sobre todo de filósofos, sociólogos y antropólogos, de economistas en mucha menor medida, por lo que realmente no se encontrarán ideas originales del autor; de hecho, su último capítulo (“Algunas conclusiones”) se cierra con una doble cita a Isaiah Berlin y a Immanuel Kant. Esto, en cualquier caso, no le quita interés a la obra, que nos parece que destaca por ofrecer otro punto de vista, desde otras disciplinas, en el análisis del mercado y la democracia, que, como mostró Kenneth Arrow, tienen por propósito común aunar decisiones individuales para formar una decisión que las excede a todas.

Peña parte de una constatación predicable de Chile, pero también de cualquier otro país del mundo que, en el marco de una economía de mercado, haya alcanzado un cierto nivel de riqueza individual y colectiva: “la aparición de una muy extendida cultura del consumo y satisfacción por el bienestar material, pero al mismo tiempo la sospecha de que hay algo valioso que se escurre cuando se lo alcanza” (pág. 11), de un “rechazo al dinero como mediador de las relaciones sociales y del mercado como mecanismo de cooperación social” (pág. 15).

Para Peña, “hay, es cierto, una sensación de malestar con las rutinas del consumo y del mercado; pero al mismo tiempo, todos, y a veces especialmente los más críticos, las practican con riguroso entusiasmo como si encontraran un cierto deleite en aquello que, según declaran, los extravía” (pág. 16). No es difícil encontrar ejemplos cercanos que confirman la validez de la afirmación de Peña.

El consumo de masas principia en el siglo XVI, aupado por el auge del comercio marítimo, comenzando a configurarse en aquella fecha las sociedades modernas. Mucho más tarde, en el siglo XX, será un sociólogo, Luhmann, quien determine que el dinero permite en una sociedad diferenciada hasta lo inimaginable reducir la complejidad: el dinero es un medio de comunicación simbólicamente generalizado (pág. 61). Llegado este punto la relación social ya no requiere un vínculo entre dos identidades personales, ni la participación de una conciencia reflexiva, con el resultado de que el vínculo social se reduce a meras interacciones mudas, como ocurre hoy en un mercado o centro comercial (págs. 62 y 63).

Desde la antropología se concibe el intercambio como el hecho social fundamental sobre el que se erige el orden social en su conjunto (pág. 65). De la reflexión de Mauss, discípulo y sobrino de Durkheim, resulta que todo orden social reposa en la distinción entre lo sagrado y lo profano. Uno de los sacrificios —simbólicos— de nuestra época, del moderno capitalismo, sería el consumo, que aúna dilapidación, derroche y culpa (pág. 66).

La explicación de los mercados y de los intercambios desde la economía, pone de relieve Peña, es mucho más modesta, para llegar, tras un origen que ligó el mercado (“mercatus”, en latín) con el dios Mercurio, a un mecanismo abstracto que permite fijar precios para el intercambio, visión que se consolidó con Alfred Marshall (págs. 70 y 71).

Nos ha parecido singular que la palabra española específica para designar al mercado sea “feria”, lo que colorea el fenómeno con un tinte festivo, que no se encuentra en otras lenguas más ascéticas en este sentido, como el inglés, el francés o el alemán. En la economía clásica el mercado no era tan relevante para fijar los precios, pues lo verdaderamente notable era la función del trabajo humano, como concluyó David Ricardo, a quien Marx admiró y siguió en este punto.

Fue Fiedrich von Hayek, siguiendo a Karl Menger (pág. 110), el que señaló que el mercado es una institución que permite alcanzar, gracias al sistema de precios (pág. 108), soluciones racionales sin que exista un órgano centralizado que asuma tal tarea. Hayek, que diferenció entre democracia y liberalismo, llegó a admitir controvertidamente en una visita al Chile de Pinochet que “es posible que un dictador gobierne de manera liberal (…). Yo personalmente prefiero a un dictador liberal que a un gobierno democrático carente de liberalismo” (pág. 76). Este “dictador liberal” se puede identificar, precisa Peña, con quien promueve el orden de mercado.

A pesar de todo, con sus posibles excesos y la hipotética falta de comprensión del sentido último de sus palabras, Hayek formuló un concepto que consideramos extraordinario, el de “catalaxia”, para referir que el orden de mercado no se limita al intercambio sino que también puede servir para admitir al enemigo en la comunidad y, en consecuencia, transformarle en amigo (pág. 77). Así concebido, el mercado sería el mecanismo de integración por excelencia, que permitiría, en algún momento, prescindir de la política.

Puede que el más agudo de los críticos de Hayek haya sido Karl Polanyi. Para este, hay tres tipos básicos de integración social: la reciprocidad, la redistribución y el intercambio en sentido estricto. El error de la economía moderna, de la economía neoclásica, consistiría en reducir toda la actividad económica al intercambio (pág. 83), como consecuencia de una decisión adoptada consciente y voluntariamente por alguien en algún momento y lugar. Esta ingeniería social, este viraje hacia la “comodificación” (del inglés “commodity”) de la vida, acaeció entre 1750 y 1850 (la “Gran Transformación”), siendo su centro impulsor la Inglaterra de dicha época. Este dominio del mercado amenaza la existencia de la sociedad en su conjunto.

Si Polanyi estima que la sociedad dominada por el mercado queda a merced del fascismo, la consolidación de instancias centrales de decisión llevaría, para Hayek, al fascismo o al comunismo (curiosamente, señala Peña, las obras centrales de ambos autores —“La gran transformación” y “Camino de servidumbre”, respectivamente— se publicaron en 1944). Peña no se pronuncia sobre la unanimidad para condenar a los fascismos y la ambigüedad, incluso el abierto apoyo que le prestan algunos a estas alturas, a los regímenes totalitarios de signo opuesto.

La sociedad capitalista moderna —la “jaula de hierro” weberiana— se define por el tránsito de la comunidad, basada en el conocimiento mutuo y en los estrechos lazos entre sus integrantes, a la sociedad, sustentada en relaciones mucho más superficiales y en el contrato. Es posible que el rechazo al mercado derive de una cierta nostalgia hacia esa primitiva comunidad en la que los destinos de todos estaban fuertemente anudados, a pesar de la limitación para elegir y forjar un propio destino que ella suponía.

Durkheim, como Polanyi, identificó que el vínculo social entre los individuos debía inspirarse en convicciones más o menos sacras, no contractuales ni mercantiles, pero unificadoras materialmente de la vida social (pág. 94). De aquí surgirá con el tiempo una tensión entre el Estado, que ofrece este marco de convivencia, y el mercado, sobre todo cuando las fronteras del primero se desbordan por el comercio internacional y por la globalización.

Peña pone un punto de sentido común al escribir que “Un mundo totalmente mercantilizado, donde todas las cosas existentes fueran objeto de cambio, como uno absolutamente desmercantilizado, donde cada cosa fuera singular, única y no susceptible de cambio ni sustitución, son absurdos, tipos polares que no encuentran correlato en la realidad” (pág. 150), luego “en todas las sociedades hay cosas que son puestas aparte del intercambio, cosas, como diría Sandel, que el dinero no puede comprar” (pág. 151). Un ejemplo de ello puede encontrarse en las leyes suntuarias, que establecen quién puede comprar qué, partiendo del lugar que cada individuo ocupa en el orden social, es decir, atendiendo a su adscripción social, aunque este criterio ordenador se ha ido atenuando paulatinamente con la consolidación del mercado, al que puede acceder, en principio, cualquiera, como veremos enseguida.

Posteriormente Peña cita a Dworkin, para el que el trato igualitario al que nuestras sociedades deben aspirar se alcanza mejor por el mercado que por el Estado redistribuidor (pág. 158), no tanto por razones de eficiencia sino por “el hecho de que favorece la expansión y el ejercicio de la libertad concebida como la capacidad igual de los seres humanos de decidir el tipo de vida que quieren vivir” (pág. 164).

Apunta Peña, citando a Tocqueville (“Lo que odian los hombres es una clase de desigualdad más que la desigualdad misma”), que algunas desigualdades son merecidas y correctas, como las que reflejan el esfuerzo personal, y otras son inmerecidas e incorrectas, como las que se desprenden de factores meramente adscriptivos o hereditarios, que poco o nada tienen que ver con el esfuerzo personal: “A una sociedad democrática, entonces, no le repugna la desigualdad en sí misma (…) sino la desigualdad que no es producto del mérito o el esfuerzo personal. Este tipo de desigualdad es moralmente valiosa porque realiza el ideal (de) que la vida personal dependa de la voluntad de cada uno” (pág. 185).

Hay alguna reflexión de Peña que quizás mereciera mayor precisión o desarrollo, como cuando escribe que “el acceso a las mercancías está restringido por la disponibilidad de dinero (…), el mercado está diseñado, en principio, para todo el mundo, como si todos pudieran alcanzarlo” (pág. 203), obviando que podría darse el caso de que determinadas personas renunciaran voluntariamente al intercambio de una mercancía o servicio por dinero y decidieran recurrir a la permuta, en sentido amplio, para satisfacer sus necesidades, o que en la fecha actual en nuestra sociedad cosmopolita y globalizada se premia más en el reparto de la riqueza al capital que a los trabajadores que con su quehacer diario hacen que el movimiento del engranaje del mercado sea posible (lo que nos llevaría, de nuevo, al terreno de la distribución y la redistribución, tanto privada como pública).

Con todo, merece ser apreciado el esfuerzo del profesor Peña y su capacidad para enhebrar las ideas originadas en diversos ámbitos del conocimiento para explicar qué es el mercado y el dinero, desde Aristóteles hasta Michael Sandel.