“La izquierda tiene que repensar el nacionalismo”

Por José Álvarez Junco (Viella, Lérida, 1942)​ es un escritor e historiador español, que ha sido catedrático emérito de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Políticos y Sociales en la Universidad Complutense de Madrid

31.08.2018. Revista de Política Exterior

Cada cuatro años la profusa –y orgullosa– exhibición de banderas y otros símbolos ligados a la identidad nacional en las Copas del Mundo de la FIFA desmienten la ingenua presunción de que el Estado-nación es un instrumento –ideológico, político, económico…– obsoleto. Demasiado grande, según aseguran los ‘globalistas’, para resolver los problemas pequeños y demasiado reducido para solucionar los grandes.

Una y otra vez, la realidad internacional –el Brexit, la marea de nacionalismo xenófobo en Europa, el ‘America First’ de Donald Trump…– demuestra que la nación y el nacionalismo mantienen intacto su poder de seducción masiva. No es extraño.

Sin identidad, la vida colectiva carece de narrativa moral y, por tanto, de significado. Nadie más indicado para hablar sobre esos asuntos que José Álvarez Junco, catedrático de Historia del Pensamiento y los Movimientos Sociales, profesor visitante en Oxford, La Sorbona y Harvard y autor de varios textos ya clásicos sobre el nacionalismo español.

Política Exterior (PE): En Europa el nacionalismo, el malvado hermano gemelo del patriotismo, está asociado hoy a la xenofobia, la represión de las minorías étnicas, el cierre de las fronteras y el populismo ‘iliberal’ de Trump, pero ello no disminuye un ápice su atractivo en casi todo el mundo.
José Álvarez Junco (JAJ): Sin duda. El nacionalismo sigue vivo y vigente. Su aspecto positivo es que propicia la identificación con el grupo y celebra esa pertenencia. Espectáculos deportivos como el Mundial brindan un marco ideal para esos despliegues patrióticos sin aristas agresivas o xenófobos, lo que parece indicar que el nacionalismo no es necesariamente incompatible con el cosmopolitismo o un cierto sentido del civismo. Quizá por eso de que como nos están viendo todos, no podemos dar muestras de que somos unos bárbaros. La actitud tolerante inherente a la deportividad muestra que los nacionalismos pueden ser domesticados limando las asperezas y los rasgos más brutales del sentimiento comunitario.

 PE: Sin embargo, en Europa la xenofobia ha pasado a ser parte de lo que en inglés se llama el mainstream. Matteo Salvini, Viktor Orbán o Marine Le Pen ya ni se molestan en guardar las formas.
JAJ: Así es. Parece contradictorio con lo anterior, pero la globalización y el obligado cosmopolitismo en que estamos inmersos por las comunicaciones modernas producen inseguridad y miedo a perder la propia identidad. Las reacciones de rechazo al otro son fácilmente explotables por políticos desaprensivos que manipulan las bajas pasiones de sus sociedades. Trump, por ejemplo, se dirige a sectores sociales que nunca han viajado fuera de su país, que son la inmensa mayoría. Dirigirse a los más incultos y pueblerinos es casi siempre muy rentable políticamente.

 PE: En España no ha ocurrido, al menos hasta ahora, nada parecido.
JAJ: El caso español es distinto porque el nacionalismo españolista está teñido de connotaciones negativas por sus asociaciones con el franquismo. Pero también por una cierta mala conciencia. Cuando nos sentíamos orgullosos de ser españoles de esa manera tan enfática era precisamente cuando éramos pobres y atrasados y no éramos una democracia. Todo eso lo hemos dejado atrás, afortunadamente. Veremos cuánto dura porque ese estigma se irá olvidando con el paso del tiempo y la desaparición de las generaciones que vivimos el franquismo.

PE: El nacionalcatolicismo no está del todo muerto. ‘Imperiofobia’ de María Elvira Roca Barea, que está en su vigésima edición, es un intento apenas disimulado de resucitar la “leyenda rosa” del imperio español. En una de las entrevistas que concedió por el lanzamiento de su libro, Roca Barea dijo que la Inquisición fue “precursora de los derechos procesales” en Europa.
JAJ: El viejo nacionalismo español está efectivamente renaciendo, pero lo está haciendo con cuidado. La profesora Roca Barea no regresa a las viejas formas del nacionalcatolicismo, pero, en efecto, tengo la impresión de que lo que trata de hacer es reformular la “leyenda rosa”.

 PE: Quizá sus tesis sean una respuesta reactiva al independentismo catalán. En un artículo de 2012 el presidente de la Generalitat, Joaquim Torra, escribió que España esencialmente ha sido un país “exportador de miseria, material y espiritualmente hablando”.
JAJ: Por los rezagos franquistas, el nacionalismo español se expresa de un modo solapado y a menudo hipócrita. Un libro como Imperiofobia es una manera canalizar sentimientos de autoafirmación: como todos los imperios han sufrido ataques injustos, viene a decir, España no tiene más culpas que otros imperialismos europeos.

 PE: Los emblemas nacionales españoles –la bandera, la fecha de la fiesta nacional, un himno sin letra… no parecen tener la legitimidad con la que cuentan símbolos similares en países como Francia o EEUU.
JAJ: En efecto. Con el retorno de la democracia a la rojigualda se la despojó del escudo franquista, pero para muchos sigue siendo la bandera del bando vencedor de la guerra civil. A mí y a la gente de mi generación nos sigue inquietando ver la bandera colgando de los balcones. Nos trae malos recuerdos de cuando estaba asociada a la extrema derecha. Y nuestra fecha nacional ni siquiera tiene nombre. Fue el ‘día de la raza’, luego el día de la ‘hispanidad’ y el del descubrimiento de América. Ahora es la fiesta nacional que comparte con otra fecha, el 6 de diciembre, día de la Constitución.

PE: En América Latina el día de la fiesta nacional conmemora la independencia y el fin del antiguo régimen, es decir, acontecimientos políticos.
JAJ: La diferencia es que en países que fueron colonias lo que se celebra es una gesta, única e indiscutible. Esa unanimidad no existe en el caso español. Nadie sabe con certeza cuando comenzó a existir España. Es un misterio. En cambio, en América y las ex colonias que luego se convirtieron en Estados nacionales tienen fechas de nacimiento en las que todos están de acuerdo. Ahí los procesos de creación identitaria son menos contradictorios.

PE: En su campaña, Emmanuel Macron dijo en Argelia que el colonialismo francés fue un “crimen contra la humanidad”, lo que muestra que Francia no tiene temor de enfrentarse a los fantasmas de su historia. ¿En España la exhumación de Franco supone una catarsis similar?
JAJ: Sacar a Franco del Valle de los Caídos y entregar sus restos a su familia para que lo lleven a un panteón familiar es algo que se tiene que hacer y que es perfectamente correcto. Lo otro de pedir perdón por el pasado colonial es más difícil. Habría que saber a quién se tendría que pedir perdón. ¿Los herederos de los españoles que se quedaron en la península tendríamos que pedir perdón a los herederos de los españoles que se fueron a América? No tiene mucho sentido. Pero un caso como la guerra química del ejército colonial español en Marruecos, donde se sabe perfectamente quién cometió las atrocidades, yo creo que sí se podría –y debería– hacer. Fueron los llamados africanistas –Franco, Millán Astray, Queipo de Llano, Yagüe…– los que impusieron el clima terriblemente cruel de la guerra civil.

PE: ¿El ‘patriotismo constitucional’ defendido por Jürgen Habermas puede hacerse dominante en un continente como Europa, donde las naciones tienen raíces étnicas?
JAJ: No hay que perder la esperanza. En Europa se escribió la declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, que no es una declaración étnica sino universalista. Esos aspectos de la herencia europea merecen celebrarse como hitos comunes. Como no compartimos elementos como la lengua, tenemos que crear un ‘demos’ europeo a partir de contenidos cívicos. La Unión Europea debe plantearse en serio esa construcción ‘nacional’ europea fomentando más programas como los de Erasmus. Tras la reunificación, Mazzini dijo que “ya existe Italia, ahora hay que crear a los italianos”. Algo parecido tenemos que hacer en Europa.

PE: ¿Existen diferencias entre patriotismo y nacionalismo?
JAJ: Es una cuestión de matices, pero no es un asunto bizantino. Yo englobaría todo bajo la etiqueta de nacionalismo. Uno de sus facetas es positiva y necesaria: la vinculación con una comunidad y la disposición a sacrificar los intereses individuales en aras de los colectivos. A ese pacto cívico lo llamamos patriotismo. El nacionalismo es eso mismo pero aumentando la dosis, que es, como decía Paracelso, lo que distingue un veneno de un antídoto. Si a los niños les decimos que todos los que no pertenecen a una comunidad determinada son odiosos o infrahumanos, caemos en la faceta más nefasta del nacionalismo. En España los nacionalistas siempre son los catalanes o vascos mientras que los españoles son patriotas, cuando en el fondo son lo mismo.

PE: ¿A qué atribuye la reaparición del nacionalismo catalán? Hace unos años era algo casi marginal.
JAJ: El nacionalismo catalán ha tenido flujos y reflujos, pero siempre ha estado ahí. En los últimos años se ha recrudecido porque han salido de la escuela y entrado a la vida política las generaciones que han sido formadas en las escuelas nacionalistas catalanas. Es una cuestión generacional. Los independentistas catalanes han mantenido posiciones maximalistas que otros movimientos han ido abandonando. Algunas de sus raíces son racistas. Prat de la Riva, por ejemplo, decía que los españoles eran “bereberes” y que los catalanes eran “arios”. En el caso de Sabino Arana ese rasgo es evidentísimo. Un problema adicional es la escasa participación catalana en la gobernación de España, salvo en excepciones como la del general Prim en el siglo XIX. A partir de la restauración, los catalanes pierden posiciones en Madrid pero en parte también porque quieren. Jordi Pujol, por ejemplo, se negó a entrar en los gobiernos de Madrid porque no quería involucrarse.

PE: En América Latina el nacionalismo, por diversas razones, es una bandera de la izquierda.
JAJ: Es lógico. La izquierda en principio tiene que ser nacionalista porque el reforzamiento de la idea de colectividad permite trasvasar riqueza de unos sectores a otros y justificar políticas sociales. En cambio, cuando la izquierda catalana se alía con los nacionalistas conservadores para no transferir riqueza a regiones más pobres, está apelando a un principio por definición insolidario.

El proyecto Edufinet de Unicaja recopila un registro de 3.000 siglas y acrónimos

 

Edufinet. Repertorio de siglas y acrónimos

El repertorio, disponible en la web, es una herramienta de consulta para el lector de textos económicos y financieros

El Proyecto Edufinet, impulsado por Unicaja Bancoy la Fundación Unicaja, ofrece en su página webuna nueva edición del ‘Repertorio de Siglas y Acrónimos del Sistema Financiero’, con la inclusión de casi 3.000 entradas.

Esta recopilación pretende convertirse en unaherramienta de consulta para el lector de textos económicos y financieros, ya se trate de usuarios de estos servicios o de profesionales del sector.

Este repertorio es obra de Gonzalo Gómez Hoyo y tal y como subraya el autor, la abundancia de estos lexemas puede atribuirse a la considerable incidencia que tienen en la vida diaria los diferentes organismos, instituciones y productos financieros y bancarios que surgen cotidianamente, con los consiguientes problemas de denominación y significado.

La extensión de sus nombres impone acortarlos para evitar constantes reiteraciones no sólo en el texto escrito, sino también en el discurso oral.

La mayor parte de las siglas y acrónimos que integran el vocabulario de la economía son de naturaleza nominal y sirven para calificar palabras compuestas de considerable tamaño, contribuyendo mediante el acortamiento y la precisión semántica a proporcionar al lenguaje económico las características de rapidez y eficacia, según ha precisado el autor. Sin embargo, esta disminución provoca la pérdida de significado, lo que justifica la utilidad de una obra como ésta.

Proyecto Edufinet

Edufinet, que cuenta con la colaboración de 14 universidades y diversas instituciones y organizaciones empresariales, es un proyecto de educación financiera pionero en el país, en marcha desde hace más de una década y con un programa muy activo, dirigido a acercar el mundo de las finanzas a los ciudadanos. Esta labor le ha hecho merecedor de varios premios, han explicado a través de un comunicado.

Además de la página web (www.edufinet.com), el Proyecto Edufinet ofrece otros dos portales específicos: el primero de ellos dirigido al colectivo de empresarios y emprendedores (Edufiemp), y el segundo, a los jóvenes (Edufinext).

El Proyecto Edufinet ha desarrollado durante el curso 2017-2018 un total de 70 acciones formativas, a través de las que se han impartido más de 400 sesiones y talleres de educación financiera, en las que han participado de forma directa y presencial unas 22.000 personas, pertenecientes a distintos colectivos y con diversos niveles educativos.

Las distintas jornadas formativas han sido impartidas por más de 70 formadores que colaboran con Edufinet de forma desinteresada. Entre las distintas acciones formativas llevadas a cabo durante este curso destacan las IX Jornadas de Educación Financiera para Jóvenes, desarrolladas en cerca de 270 centros educativos de Andalucía, Castilla-La Mancha, Castilla y León, Extremadura, Ceuta y Melilla, y en las que han participado unos 18.300 alumnos.

También merecen ser resaltadas, entre otras actividades, la VIII Olimpiada Financiera, las jornadas sobre educación financiera general, fiscalidad, toma de decisiones financieras en el ámbito personal o los cursos para invertir con criterio en bolsa y sobre emprendimiento y creación de empresas.

En concreto, esta actualización incluye más de 2.700 siglas y acrónimos, a los que se puede acceder en la página web del Proyecto Edufinet; y, en concreto, a través del enlace

29.08.2018. La Opinión de Málaga

A world without NATO?

Michael Rühle heads the Energy Security Section of NATO’s Emerging Security Challenges Division. Previously, he served as a speechwriter for six NATO Secretaries General. The views expressed are his own.

What is published in NATO Review does not necessarily represent the official position or policy of member governments, or of NATO.

Fifteen years ago, when the Iraq war divided the NATO Allies and some even talked of the end of the Atlantic Alliance, veteran journalist Jim Hoagland remained calm. Predictions about the imminent demise of NATO had been around for ages, he said during a brainstorm with NATO ambassadors. And, with a wink, he even put some of the blame on fellow journalists: “Whenever we at the Washington Post have a slow news day, we publish a ‘Whither NATO?’ piece.”

Hoagland’s serenity proved justified: the transatlantic relationship quickly recovered.

But times change. Today, the European Union struggles with numerous crises, from “Brexit” to burgeoning nationalism. Formats like the G-7 no longer seem to generate the common leadership on global issues that Western nations have sought to exert for so long. The narrative about the “demise of the West” appears to be gaining more and more traction. And the notion that even the venerable NATO may well be dispensable is no longer confined to the “usual suspects” from the academic ivory tower or the wilder shores of isolationism.

What would a world without NATO look like?

It is a useful question to ask, because such a counterfactual experiment helps to sharpen the focus on what would be at stake. After all, the end of NATO would mean much more than just the disappearance of a bureaucracy in Brussels. It would mean nothing less than the end of an institutionalised political and military link between Europe and North America.

The political and military consequences of such a development would be manifold – and dangerous.

The end of collective defence

The dissolution of the Atlantic Alliance would mean the end of transatlantic collective defence. Europe would have to provide for its security without the United States. For some Euro-enthusiasts, who have long sought Europe’s “emancipation” from the United States, such a prospect might seem like a dream come true. For those, by contrast, who still view the transatlantic community as a unique and indispensable achievement, it would look like a nightmare.

Building a purely European defence would overwhelm the Europeans politically, financially and militarily. Attempting to compensate even partially for the departure of the United States would mean dramatic increases in defence spending and a radical overhaul of European arms development and procurement procedures. Even more, it would ultimately require a genuine European security policy, including a consensus on a European nuclear deterrent, which is nowhere in sight.

In other words, the disappearance of NATO would call for a further deepening of European integration in the very field where integration is most difficult. And all this would come at a time when many nation states want less Europe, not more.

An increase in Russia’s power in Europe

By contrast, the end of NATO would dramatically increase Russia’s position in European security. With the United States effectively ceding its status as a “European power”, the temptation and the opportunities for Russia to divide or intimidate its European neighbours would grow.

It has been said that NATO’s continued existence creates a problem for Russia. That may well be true, but the disappearance of the Alliance would create a problem for Europe: without the NATO protective umbrella, Europe would lack the self-confidence required for a coherent and constructive engagement with the Eurasian power. Some European countries would seek their own deals with Moscow.

Moreover, for many countries in the post-Soviet space, which want to demonstrate their independence from Russia through their relations with NATO, the end of an American security role in Europe would be a strategic disaster. The new “post-American” power balance in Eurasia would condemn them to remain permanently in Russia’s sphere of influence.

Diminishing military interoperability

And there is more. The end of NATO would also deprive Europeans and North Americans of an important framework of legitimacy for the use of military power.

Without the broader NATO framework, the political and military stamina required for dangerous and long-term stabilisation missions, such as Afghanistan, could not be generated. Ad hoc military operations among the United States, Canada and European countries would still be possible – but the disappearance of NATO’s common defence planning and exercise practice would result in ever-diminishing military interoperability among them. Without the United States as the military centre of gravity, European military standards would most likely regress towards the lowest common denominator.

Sooner rather than later, the United States and most of its former allies would lose their ability to cooperate militarily. Without the tried and tested NATO procedures and standards, even the United States’ role as a military enabler (“leading from behind”) would become far more difficult.

The regionalisation of security

If NATO ceased to exist, it would inevitably encourage the regionalisation of security. Without the Alliance as a strategic bracket for bridging different regional security interests, southern European countries would tend to focus on the Maghreb and the Middle East, while eastern European countries would focus more on Russia. However, without the United States as their security backbone, none of these groupings would have enough political cohesion and military strength to exert a lasting influence on their respective regions of interest. The result would be a further weakening of Europe as a strategic actor.

NATO’s unique network of partnerships with dozens of countries from all over the globe would disappear as well, forcing Europe and North America to fall back on a host of complicated bilateral relationships.

Wider implications for Allies and partners

The end of the Alliance would also be an enormous challenge for Allies such as Canada or Turkey, as they do not have the opportunity to organise their ties to Europe through membership of the European Union.

It would even pose a major dilemma for non-NATO countries such as Finland and Sweden. Since their pragmatic policy of military non-alignment is made feasible by a continuing American role in European security, an end of this unique role would significantly change these countries’ strategic environment and could reduce their latitude as engines of regional cooperation.

Finally, without the prospect of NATO accession, the West would also lose much of its influence on the reform processes in the candidate countries from southeast Europe to the Caucasus.

A bad deal

And what about transatlantic burden-sharing? Would the end of NATO not at least ensure that the United States were finally relieved of an “unfair” financial and military burden?

Hardly. The United States defence budget reflects the military expenditures of a global power. It therefore goes well beyond NATO, which at the highest estimate represents no more than 15 per cent of total United States defence spending. Consequently, the dissolution of NATO would translate into relatively small savings for the United States, yet Washington would lose allies, military bases and the political predictability established through daily multilateral consultations in the Alliance framework.

The geopolitical winners would be China, Russia and all those who, by using the clarion call of the need to build a “multipolar world”, seek to weaken the United States’ role in upholding international order.

In sum, for all these reasons, a world without NATO would be a bad deal for the United States, for its Allies, and for partners in Europe and beyond.

NATO Review. 29.08.2018

YouTube. Michael Rühle comments on the role of NATO and energy security

El cuaderno rojo: imponderables al pedir un crédito

Reseña del libro “El cuaderno Rojo: imponderables de pedir crédito”: 26.08.2018. Todo son finanzas

Benjamin Constant es una muestra del hombre ilustrado europeo. Viajó por todo el continente, dominó varios de sus idiomas, fue culto, refinado, seductor y vividor, con frecuencia se batió en duelo, y desempeñó relevantes cargos públicos en la Francia posterior a Napoleón.

De sus múltiples idilios el más sonado fue con Madame de Stäel, y de su círculo de relaciones merecen ser destacados personajes de la talla de Sismondi, Goethe o Schiller.

Pasados los cuarenta comenzó a redactar sus memorias, que no llegó a concluir, y que se centran en sus primeros 20 años de vida, especialmente en lo acaecido en 1787, dos años antes de la Revolución. Se trata de “El cuaderno rojo” (Periférica, 2008), por el  color de las tapas del cuaderno en que fueron escritas.

Son unas memorias que han servido de modelo para otras escritas con posterioridad, en las que se aprecia el carácter del joven Constant, no muy diferente del del Constant maduro (“Sola inconstantia constans”, era su lema). En la nota preliminar de Manuel Arranz de la edición a la que hemos tenido acceso se le define como “impulsivo, ingenuo, caprichoso, tímido, temerario, voluble, apasionado, indeciso, decidido, intrigante” (pág. 11).

Constant, como todo buen jugador y “bon vivant”, contraía deudas por doquier, que, por supuesto, eran diligentemente satisfechas por su padre. “El cuaderno rojo” muestra cómo a finales del siglo XVIII era frecuente el libramiento de letras de cambio para instrumentar y asegurar el pago de deudas, así como la existencia de bancos con presencia en varios Estados, ya fuera bien mediante la apertura de sucursales, bien mediante relaciones de corresponsalía.

A propósito del juego y las deudas, Constant relata “una aventura bastante divertida con una de las mujeres más ancianas del círculo de Madame Suard” (págs. 47-50):

“Se trataba de Madame Saurin, mujer de Saurin, el filósofo y autor de Espartaco. Había sido muy hermosa, cosa que sólo recordaba ella, pues tenía sesenta y cinco años. Me había distinguido con su amistad, y aunque yo había cometido la equivocación de burlarme un poco de ella, tenía más confianza en Madame Saurin que en cualquier otra persona de París. Un día había perdido en casa de Madame de Bourbonne todo el dinero que tenía, y todo el que me había podido jugar a crédito. Presionado para que pagara, se me ocurrió recurrir a Madame Saurin para que me prestase lo que me faltaba. Pero como yo mismo desaprobaba aquella acción, le escribí en lugar de hablarle, diciéndole que iría a recoger su respuesta durante la velada. Y, en efecto, fui. La encontré sola. Mi timidez natural, aumentada por las circunstancias, hizo que esperase bastante tiempo a que ella me hablase de mi nota. Finalmente, como ella no decía palabra, me decidí a romper el silencio, y empecé ruborizándome, bajando la mirada, y con una voz trémula:

—Os extrañará, tal vez —le dije—, mi atrevimiento. Me entristecería que os formarais de mí una impresión desfavorable por algo que no me hubiera atrevido a pediros nunca, si su amistad, tan grata para mí, no me hubiera animado a ello; la confesión que acabo de haceros, que vuestro silencio me hace temer que os haya ofendido, me ha sido arrancada por un irresistible impulso de confianza en usted.

Todo esto lo iba diciendo deteniéndome en cada palabra, y sin mirar a Madame Saurin. Viendo que no respondía nada, levanté la mirada y vi en su expresión de sorpresa que no daba crédito a mi sermón.

Le pregunté si no había recibido mi carta, y resultó que no. Desconcertado, de buena gana hubiera retirado mis palabras, si hubiera encontrado otros medios para salir del atolladero en que me encontraba. Pero no tenía más recursos. Había que continuar. Y continué:

—Usted ha sido tan buena conmigo, me ha demostrado tanto cariño. Tal vez me haya hecho demasiadas ilusiones. Pero hay momentos en que un hombre pierde la cabeza. Nunca me perdonaré si he traicionado su amistad. Por favor, permítame que no hable más de esa desafortunada carta. Permítame que le oculte lo que escapó de mí en un momento de obnubilación.

—No —me contestó—, confíe en mí. Quiero saberlo todo, acabe, acabe.

Y se cubrió el rostro con las manos mientras todo su cuerpo temblaba. Comprendí claramente que había tomado todo lo que acababa de decirle por una declaración de amor. Aquella equivocación, su emoción y una gran cama de damasco rojo que había a dos pasos de nosotros, me sumieron en un inexplicable terror. Pero reaccioné como un cobarde indignado y me apresuré a deshacer el equívoco.

—En el fondo —le dije—, no sé por qué la molesto con algo tan insignificante. He cometido la torpeza de jugar, perdí algo más de lo que dispongo en este momento, y os escribí para saber si podríais hacerme el favor de prestarme lo que me falta para salir del paso.

Madame Saurin permaneció inmóvil. Apartó las manos de su rostro, que ya no necesitaba ocultar. Se levantó sin decir una palabra y me entregó el dinero que le había pedido. Estábamos tan turbados, ella y yo, que todo transcurrió en silencio. Ni siquiera abrí la boca para darle las gracias”.

En conclusión: a la hora de pedir dinero a crédito, sobre todo para saldar deudas de juego, hay que ponderar todos los riesgos, incluso los más insospechados…