Agenda de Política Exterior 2018

Por su interés reproducimos los artículos de Agenda de Política Exterior 2018, aunque ellos se han ido colgando a lo largo de los meses en la presente página web.

¿Qué necesita el euro para sobrevivir a la próxima crisis?

¿Cuál es el legado europeo de Angela Merkel?

¿Cómo debe Europa abordar el conflicto no resuelto de Ucrania?

¿Puede la UE considerar a China un socio estratégico?

¿Cuál es el objetivo de España con Gibraltar en el acuerdo del Brexit?

¿Cuáles son los focos de tensión en la relación España-Marruecos?

¿Qué relación transatlántica está diseñando Donald Trump?

¿Presenta Italia un riesgo para la zona euro?

¿Cómo puede España plantear una postura coherente hacia Venezuela?

¿Es posible un buen acuerdo para el Brexit?

¿Es posible otra política con Guinea Ecuatorial?

¿Es la industria de defensa estratégica para España?

¿Por qué España necesita una política de Estado hacia Cuba?

¿En qué ámbitos pueden colaborar España y Brasil en América Latina?

¿Cómo afecta la crisis catalana a la imagen internacional de España?

¿Por qué la Agenda 2030 es más que una agenda de desarrollo?

¿Para qué sirve hoy la OTAN?

¿Sobre qué temas podría estructurarse un “eje ibérico” en la UE?

¿Qué resultados ofrecen a Europa los diferentes acuerdos en materia migratoria con Turquía, Libia y Marruecos?

¿Cuáles son las prioridades exteriores de España?

V Centenario Magallanes Elcano. Programación oficial

El Foro para la Paz en el Mediterráneo ha presentado cinco proyectos para el V Centenario, siendo todos ellos aprobados y por tanto formarán parte de la programación oficial del Ministerio de Cultura.

Unidades didacticas sobre expedicion Magallanes

Investigacion y estudios viajes transoceanicos

Investigacion juridica, economica y financier del siglo XVI

Exposicion itinerante historico-pedagogica viaje Magallanes

Por una Política Exterior y de Seguridad Común en la UE

Mayoría cualificada o la solución para el problema equivocado, por ENRIQUE MORA

Un viejo proverbio, no creo que sea chino, dice que la decisión es un cuchillo afilado, de corte limpio y preciso, pero la indecisión es uno embotado que hace trizas y desgarra. La Unión Europea es un ente tan especial que, en ocasiones, y no pocas, no eres capaz de discernir cómo de afilado está el cuchillo. Hacer política exterior es tomar decisiones. Casi continuamente. La mayoría son reactivas, respuesta a hechos, actos o decisiones de otros actores. Otras activas, para hacer avanzar nuestras posiciones. De la calidad y oportunidad de las decisiones depende la excelencia de la política, o lo contrario.

El presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, en su discurso sobre el estado de la Unión, reintrodujo un debate que lleva años sobre la mesa: pasar, en política exterior, de la toma de decisiones por unanimidad a la mayoría cualificada. Aunque casi desde los inicios de la Política Exterior y de Seguridad Común (PESC) se ha planteado esta posibilidad, el debate ha ido ganando fuerza a medida que la PESC se convertía en excepción. En efecto, otras políticas, algunas muy relevantes y, en principio, ligadas al núcleo duro de la soberanía como el antiguo pilar de justicia e interior, han adoptado la mayoría cualificada como norma. La pregunta es muy sencilla: si lo que hace la Guardia Civil puede someterse a una votación en la que España quede en minoría, ¿por qué no la acción exterior?

Me temo que es la pregunta equivocada. Los que apuestan por la mayoría cualificada creen que los problemas de la acción exterior de la UE tienen mucho que ver con la forma en que se toman las decisiones. No es así. La cuestión es otra, y de mucho más calado. Es demasiado enrevesada para ventilarla en 1.300 palabras. Pero voy a intentar al menos plantearla en términos debatibles. Para ello, dos cuestiones previas:

1/ La política exterior de la Unión no es la de un Estado al uso. Es diferente, hasta el punto de poder ser calificada como sui generis –en el sentido original, escolástico del término: un género o especie muy singular y excepcional–.

2/ Olvidémonos del europeísmo acrítico, casi infantil, que nos ha caracterizado durante lustros y planteemos la cuestión en términos de eficacia, utilidad e interés, nacional y europeo.

Sobre la primera cuestión, veamos si lo que hace a la política exterior de la Unión tan especial se modifica, se ve afectado o moderado por la mayoría cualificada. Al menos cuatro factores, de naturaleza diversa, hacen esta política “singular y excepcional”.

En primer lugar, la UE y sus Estados miembros coexisten como actores –se yuxtaponen, sería una descripción más precisa– y actúan en el mismo medio: la comunidad internacional. Es imposible que una convivencia de este tipo se desarrolle sin que la Unión, representada por sus instituciones, sea percibida como el “Estado número 29”, lo que resta coherencia y fuerza representativa.

En segundo lugar, la UE está formada por Estados muy diferentes en historia, tamaño, capacidad, percepción de riesgos e intereses; en definitiva, en la forma de entender la política exterior. Alguna potencia nuclear de 65 millones de habitantes y con una identidad exterior tan antigua como la propia comunidad internacional, convive con Estados que han alcanzado su independencia en las últimas décadas, y alguno más pequeño que el término municipal de Tarifa, provincia de Cádiz. Decir que semejante diversidad afecta a las percepciones es quedarse muy corto. Y estas son la base de la política.

En tercer lugar, hacer política exterior no es solo promover valores y defender intereses. Es también proyectar identidades. No hay una identidad europea definida, no hay un demos europeo.

Y en cuarto lugar, la UE tiene un sistema institucional extremadamente complejo, fruto de una mezcla única de lógicas intergubernamentales y supranacionales. En este sistema, el proceso que conduce a una decisión está lleno de obstáculos y trampas institucionales. En una síntesis muy europea, la política exterior es sui generis como consecuencia de la complejidad institucional, y no puede ser de otra manera precisamente porque refleja lo que la Unión es.

Tomar decisiones por mayoría cualificada afectaría al segundo y al tercer factor. Sería un elemento corrector de la diversidad, y atemperaría, sin duda, la proyección de identidades. Es más, resaltaría el comportamiento de los que ya solo parecen tener identidad y carecen de cualquier otro proyecto político común o de futuro, y que se han convertido en un auténtico cáncer para la pretensión de hablar con una voz única.

Pero ni el factor de yuxtaponerse en la comunidad internacional, ni la complejidad institucional de la UE se verán afectados, y ambos constituyen elementos de peso en la dificultad de definir una política exterior ambiciosa. En otras palabras, la mayoría cualificada puede elevar la eficacia algunos grados. ¿Merece la pena el esfuerzo? Creo que sí, el objetivo es deseable. Pero el problema de fondo es otro, y mucho más profundo.

Es interesante fijarse en el principal argumento que utilizan los que están incondicionalmente a favor, sin matices, de la mayoría cualificada. Fijándose en experiencias anteriores, política comercial, justica e interior, concluyen que cuando los Estados miembros quieren elevar el nivel de ambición en una política determinada, pronto llegan a la conclusión de que la unanimidad ralentiza el avance, e incluso impide poder adaptarse a circunstancias cambiantes. Para la Comisión, esa es la disyuntiva en la que estaríamos ahora en política exterior.

Me temo que no estamos ahí. Y, lo que es peor, que nunca hemos estado más lejos. Tomar decisiones por unanimidad se suele asimilar a consenso. En algunos casos, y es la situación ahora de la Unión, está asimilación es engañosa. La unanimidad es una técnica de toma de decisiones, aconsejable cuando se quiere la máxima inclusividad aún a riesgo de sacrificar ambición. El consenso no es una técnica, es mucho más que eso. Como nos ha recordado el 40 aniversario de nuestra Constitución, es un Estado social que se traduce, políticamente, en reglas.

En la política exterior de la Unión, el consenso ha funcionado como inspirador del método de toma de decisiones por unanimidad cuando los Estados miembros tenían un objetivo común, una visión compartida de adónde se dirigían colectivamente. Se puede tener –se tienen– diferentes ideas, diferentes intereses, pero todos están convencidos de que la mejor forma de servirlos es que la empresa común progrese. Pero el consenso no existe, es una falsa hipótesis de trabajo, y por tanto la unanimidad se convierte en barrera insalvable, cuando los participantes tienen visiones y objetivos divergentes, y la empresa común es solo un instrumento para lograr el interés particular. Utilizan entonces la unanimidad, no ya para evitar legítimamente lo que no quieren, sino para impedir que la empresa común avance. Aquí la quiebra es muy seria. Es probablemente esta percepción, cada día más aguda, la que ha hecho pensar en la mayoría cualificada como panacea para resolver el dilema, para superar el gigantesco obstáculo que confrontamos. La percepción es correcta pero el diagnóstico no lo es ni tampoco, por tanto, la prescripción.

La gran ampliación cambió la esencia de la Unión. La idea era que los recién ingresados participarían pronto del proyecto común –la aceptación del acervo era probablemente lo único innegociable y por una razón de peso–. Pero la gran recesión les ha cambiado a ellos y a nosotros. Tenemos que repensar los fundamentos, no tratar de solucionar problemas que ni siquiera concebíamos con recetas antiguas. Dicho esto; sí, apoyemos la propuesta de pasar a la mayoría cualificada, aunque solo sea porque si renunciamos a la táctica nos quedaremos sin estrategia.

21.12.2018. Siete Días en Política Exterior

Rebelión

Por Joaquín Luiz Ramírez, publicado en Diario Sur en Opinión

Había una vez un gran reino europeo del sur en el que, a pesar de la democracia, la justicia, la ley y la historia, algunos partidos llamados nacionalistas se oponían a su continuidad. Las razones esgrimidas por los a sí mismos considerados diferentes oscilaron entre la reivindicación de la cultura propia a la existencia de una lengua autóctona, pasando por la denuncia de una opresión realmente invisible. A estos partidos perteneció mucha gente inteligente, quizá envuelta en un determinado clima, algo cegato y ciertamente ensordecedor, difícil de describir, que intentó poner sus más convincentes argumentos a favor de su causa. Con todo pasaron muchas cosas y, aunque nunca conseguían ser mayoría, decidieron cortar por lo sano e imponer sus razones por encima de la ley y hasta de la convivencia. Hubo mucho y muy variado, por partir de alguna parte, la destrucción de un coche patrulla de la Guardia Civil y una turba en la calle que físicamente impidió que varios guardias civiles que, como policías judiciales, habían entrado a notificar a la Consejería de Economía, pudieran salir de allí durante muchas horas. Y hasta un 1 de octubre en que se quiso celebrar un referéndum que ninguna norma podía amparar. Los colegios electorales no fueron clausurados por los Mossos de Esquadra (Mozos de Escuadra -sic-) tal y como les dictó la orden judicial al efecto, nadie pudo ni supo encontrar las urnas chinas que los organizadores dispusieron para la perfomance y la Policía Nacional y la Guardia Civil no pudieron impedir que se diera la mostra ilegal. Hubo dos heridos graves y quizá quince, veinte o veinticinco leves, pero la ‘crida golpista’ dijo que fueron mil heridos, sin más; aún lo dice.

A resultas de todo ello, la justicia acusó a los que organizaron y promovieron el golpe fallido, aplicándoles la ley como corresponde a un estado de derecho. A la expresa negativa independentista de acatar las leyes españolas se sumó una auténtica oleada que argumentó -y hoy también lo hace- que estas leyes no han sido infringidas en absoluto. Negaron y niegan la rebelión, la sedición y también la malversación, que la conducta instruida por la justicia sea antijurídica y también que se trate de ninguna correspondiente descrita por el código penal y como tal tipificada.

Para la lógica secesionista basta hablar de ‘votar’ y de ‘democracia’ para determinar que la aplicación de la ley no ha lugar, basta hablar de que sus defendidos son ‘demócratas’ y ‘pacíficos’ para dictar que ni hay delito ni hubo violencia. Basta que algunos de sus políticos sean detenidos y cumplan prisión preventiva por orden judicial para que se trate de ‘presos políticos’. Hasta aquí el bloque constitucional, PP, PSOE y C’s, respaldó el cumplimiento de la Constitución y la ley, la instrucción y la marcha de los acontecimientos judiciales. Pero el cambio del rol de Sánchez con su arribada a Moncloa ya hoy parece que insta a modificar la música y hasta la letra de esta pieza. Pues, aunque el Partido Socialista es un partido constitucional, algunos de sus dirigentes -confundidos por el mito de lo irredento- han caído en la tentación de querer entender a los que hasta aquí y en puridad llamamos golpistas. Ello u otras variables, como algún compromiso secreto incluido en el pacto para votar la Moción de Censura… O, incluso la posibilidad de querer ganarse algún favor para poder aprobar los presupuestos.

La Abogacía del Estado ha obviado a bombo y platillo la querella por Rebelión, es el hecho. Y no se trata de prejuzgar, los analistas, los que opinamos, no calificamos ni juzgamos, pero vemos con nitidez como el Gobierno deserta parcialmente de su obligación. También a esta lamentable decisión quieren llamarle moderación y empatía, pero es irresponsabilidad, cobardía y abandono del deber.

A estas horas -según se sabe- la Fiscalía mantiene la acusación. Luego será lo que tenga que ser. El Tribunal Supremo juzga y sentencia. A Sánchez le encantaría indultar, si puede y si llega. España es un gran reino europeo del sur, democrático y social. España es un estado de derecho, todos estamos sometidos a la ley, una ley que aprueban las Cortes Generales a través de los representantes que el Pueblo Soberano elige votando en las urnas legales.

¿Cuándo aprenderemos?, por Rafael Esteve Secall

No aprendemos. El lenguaje no es inocuo ni las palabras son inocentes; están cargadas de intenciones espurias. ¿Por qué si no se llama postverdad a lo que simplemente son mentiras?

Lo digo porque somos – me refiero a los constitucionalistas- tan ingenuos  que hasta le hemos comprado las armas lingüísticas al enemigo independentista. Porque sí; Torra, sus secuaces y el mundo independentista catalán, son el enemigo interior de España que, una vez destruida la convivencia en Cataluña, quiere destruir también la del resto de España. Y no nos damos cuenta de la ventaja que les damos de partida. Ya nos ocurrió con ETA cuando, por ejemplo, utilizábamos el concepto “impuesto revolucionario” cuando la verdadera palabra era el chantaje, la extorsión o cualquier otro sinónimo. Aceptando el lenguaje del enemigo le damos la ventaja de extender un manto de legalidad y respetabilidad  a lo que simplemente es delito.

Esto mismo está ocurriendo con los golpistas catalanes –¡ay, Zapatero!- que no sólo engañan con mentiras permanentes a los catalanes, sino que –como la gota malaya-  acaban también por intoxicar a los bienintencionados españoles constitucionalistas.

Por ejemplo al comprar el concepto “choque de trenes”. Nunca ha habido ni habrá tal choque. Porque el tren de España tiene la vía expedita mientras que el de Cataluña va por otro lado y ha acabado en el tope de una vía muerta que se llama Constitución. Y ni España ni Europa, por mucho que se empeñe el independentismo catalán, quitarán nunca  ese tope porque se negarían  a sí mismas y volveríamos a las andadas del cáncer nacionalista que tantos muertos originó en el siglo XX.

Algo similar ocurre con el que ellos denominan “derecho a la autodeterminación”, que además de ser un insulto a los españoles –porque, razones jurídicas y legalidades aparte, aceptarlo sería admitir que Cataluña es una colonia ¡explotada! por el resto de España-, cubre de una cierta respetabilidad a lo que es en realidad, algo que suena bastante peor: el “derecho a la secesión”.

Por eso ante la matraca de la autodeterminación hay que responder permanentemente con la palabra secesión. Si ellos hacen oídos sordos a los razonamientos, hagamos nosotros igual. ¿Referéndum…  para la secesión? ¿Dónde se ha visto eso?  Y esto vale para los políticos, aunque ya sabemos que sus intereses personales o partidistas, prostituyen su lenguaje. Pero también, y de manera relevante, para los periodistas y medios de comunicación tan importantes en la batalla de la propaganda que no estamos dando. Y lo mismo podríamos decir de otros muchos conceptos. Bueno algo se está haciendo por combatir lo de los “presos políticos”, por la realidad de los “políticos presos”. Buena prueba de que el orden de los factores sí altera -y mucho- el producto.

No obstante, aparte de los golpistas declarados, hay en Cataluña una amplia red de catalanes muy respetables y  respetados en el resto de España que muy sibilinamente también utilizan el contrabando de las palabras y los conceptos para inocular el virus del independentismo. No quiero dar nombres  pero detrás de esas imágenes existe la deliberada intención de situar en pie de igualdad a Cataluña con España. Algo que nunca debemos cansarnos de repetir es una falacia histórica. El bonito “cuento” que colocan a quien ingenuamente se lo traga es el del matrimonio mal avenido que quiere un pacífico acuerdo de divorcio o cambiar las bases de su convivencia.

Sin embargo la realidad es que nunca existió tal matrimonio. Lo que ha habido es una familia que se articuló alrededor de una monarquía -que cambió de dinastía en un momento de la historia e incluso intentó un par de veces eliminarla-, a la que se llamó España, integrada por muchos hijos que  se fueron uniendo bajo las banderas de esa monarquía en pie de igualdad, con respeto a algunas diferencias, y que hemos aceptado la inmensa mayoría de los españoles. Y la hija Cataluña, que siempre fue díscola, trató permanentemente de beneficiarse lo más posible de la herencia que comparten todos los hijos, a costa de la herencia de los demás. Por tanto, si no hacemos pedagogía con la historia desgraciadamente –no solo en Cataluña sino en el resto de España- al menos batallemos para difundir nuestro cuento y no nos dejemos influir por el cuento catalán. Y siendo conscientes de que el sentimiento es muy difícil de combatir, utilicemos asimismo la racionalidad de los números y de los datos reales, que los hay, para desmontar las mentiras  que tantos se han tragado. Como hizo Borrell con su libro.

Finalmente, hay otra razón para no ceder ni un ápice en la obsesión del plano de igualdad entre Cataluña y España.  Escribo estos párrafos la víspera de la “minicumbre” de Barcelona por lo que ignoro qué ocurrirá mañana. Pero me parece un error más de Sánchez. Los independentistas nunca retrocederán un milímetro ya conquistado si no es por la fuerza del estado.  Por eso, cualquier milímetro que avanzan les da oxígeno para transmitir esperanza a los miles de catalanes que se sienten crecientemente defraudados y engañados por la milonga de la independencia cada vez más desvelada por el ejemplo de los problemas que el Brexit está planteando al Reino Unido. Por consiguiente,  cuanto antes se convenzan de que no conseguirán su objetivo, antes se saldrá del conflicto actual. Ceder algo aunque sea simplemente simbólico tiene la consecuencia de alargarlo y retrasar un final que no puede ser más que la derrota total de los actuales dirigentes independentistas.

Rafael Esteve Secall