Contrarrestar las finanzas terroristas

Por Colin Clarke para Revista de Política Exterior de 07.09.2018

Desde el 11-S la cooperación internacional se ha centrado más en la captura y eliminación de los que financian el terrorismo que en la aplicación de las medidas adoptadas. El uso de las monedas virtuales, el terrorismo low-cost o las redes hawala son algunos de los retos que se plantean. Leer más…

Los requerimientos óptimos del capital de los bancos: la contribución de W. R. Cline

NOTA DE LA REDACCIÓN:

El Gobierno tiene previsto el aumento de imposición de los bancos a las arcas del tesoro. En este artículo se reflexiona sobre la cuestión y al mismo tiempo, se expone pedagógicamente una parte de lo que es el sistema financiero. El Foro no necesariamente está de acuerdo con los planteamiento del autor, el cual es el único responsable de sus opiniones.

Por José Manuel Domínguez Martínez, catedrático de Hacienda Pública de la Universidad de Málaga, publicado en «Tiempo Vivo»

La gran crisis financiera internacional de 2007-2008, convertida en eje de la Gran Recesión, ha desatado numerosas reacciones en los planos más diversos. El regulatorio es uno de los que, en toda lógica, ha registrado una mayor actividad, impulsada por el firme propósito de reforzar la arquitectura del sistema financiero a fin de evitar la repetición de episodios como los vividos en la primera mitad de la presente década, que han causado tan elevados costes económicos y sociales.

Dentro de las medidas arbitradas o propuestas no han faltado algunas movidas por una voluntad ejemplarizante y redentora, alimentadas por un deseo de que las principales entidades identificadas como causantes del descalabaro expiaran sus culpas. Sin que ello implicara, en ningún momento, pararse a pensar que, en el camino, pudieran pagar justos por pecadores. Una vez activado el mecanismo de la condena generalizada al sector financiero es difícil abstraerse de la fuerza de la corriente imperante. Ese espíritu se percibe incluso en el estilo y el contenido de los trabajos académicos, que en no pocas ocasiones parten de axiomas a los que posteriormente se trata de buscar alguna justificación teórica y/o empírica.

Hasta tal punto es así que encontrarse con un trabajo como el de William R. Cline (“The right balance for banks. Theory and evidence on optimal capital requirements”, Peterson Institute for International Economics, Washington, DC, 2017), que, de entrada, no se alinea con las tesis dominantes sino que, siguiendo una rigurosa metodología científica, trata de llegar a conclusiones fundamentadas, no deja de constituir una cierta sorpresa.

Una de las prioridades de la reforma regulatoria de los últimos años ha sido el incremento del nivel requerido de los recursos de capital de primera categoría, complementados con otros recursos que puedan convertirse contingentemente -esto es, si se cumplen determinados supuestos de debilidad financiera- en capital, de manera que puedan ser utilizados para compensar pérdidas. La finalidad de que las entidades bancarias puedan disponer de suficiente margen para absorber pérdidas inesperadas es doble: por una parte, limitar la presencia en el mercado a instituciones con adecuados niveles de solvencia; por otra, aislar al presupuesto público del impacto de situaciones de crisis bancarias, aparcando así la vía de los controvertidos rescates públicos.

Aparte de un claro reforzamiento de la actividad supervisora, tanto en extensión como en intensidad, las entidades son sometidas a pruebas periódicas de estrés con objeto de calibrar la capacidad de aquéllas para hacer frente de forma autónoma a situaciones adversas. Asimismo, las entidades han de tener aprobados un plan de recuperación en el que se detallen las medidas disponibles para obtener capital o disminuir los requerimientos de éste. Igualmente, han de preparar un plan de resolución, de forma que, ante una eventual situación de inviabilidad, no reversible, se pueda llevar a cabo una finalización ordenada de la actividad o propiciar su continuidad en el marco de otra entidad viable, todo ello sin incurrir en un colapso perjudicial para el sistema.

Los recursos de capital puro tienen una importancia crucial para la solvencia de cualquier sociedad mercantil. Su característica básica es que no existe ninguna exigibilidad externa respecto a los mismos, por lo que pueden ser utilizados libremente por la sociedad para hacer frente a cualquier pérdida inesperada. En sentido estricto, el capital puro efectivo es lo que quedaría disponible después de que la sociedad haya hecho frente a todas sus obligaciones con terceros. Evidentemente, mientras mayor sea el “sobrante” de recursos por encima del importe de las obligaciones, mayor será la solvencia de la entidad, y mayor el margen para asumir pérdidas no previstas.

Hay dos vías básicas para nutrir los recursos propios de primera categoría, bien la emisión de nuevas acciones, bien la retención de beneficios netos mediante la dotación a reservas.

¿Cuál es el nivel mínimo de tales recursos que debe exigirse a una entidad bancaria? En una entidad de este tipo concurren una serie de características que le confieren unas connotaciones singulares respecto a otras entidades no financieras. En su versión tradicional, los bancos desempeñan una función económica como intermediarios financieros. Ésta se ha sustentado esencialmente en la captación de depósitos del público con objeto de realizar préstamos también al público. La transformación de vencimientos llevada a cabo, a fin de compatibilizar la existencia de depósitos a la vista y a corto plazo con préstamos a largo plazo conlleva ineludiblemente un problema de gestión de la liquidez. Eventualmente, un banco solvente, cuyos recursos totales permitan atender todas las obligaciones, podría devenir en inviable en la práctica si no dispone de fuentes adecuadas de liquidez.

Pero el problema de la solvencia es distinto. En esencia radica en la calidad de los activos en los que se invierten los fondos captados por una u otra vía. Dado que, en circunstancias normales, una parte de los activos sufrirá algún deterioro por el curso normal de los negocios, la entidad, dentro de sus costes ordinarios, deberá ir constituyendo unas provisiones para hacerles frente cuando finalmente se materialicen. Supongamos que una entidad ha captado recursos por importe de 100 unidades monetarias que invierte en un activo de igual cuantía. Puede darse el caso de que el valor estimado del activo se sitúe, como consecuencia de una pérdida esperada, en 90 unidades monetarias. Puesto que el valor de la deuda contraída no baja sino que mantiente intacto su valor nominal, el banco, a partir de los recursos generados, deberá apartar un importe de 10 unidades monetarias para poder atenderla en su integridad.

Bajo este esquema, las pérdidas esperadas deben cubrirse por la vía de las provisiones ligadas a la gestión normal del negocio. Puede ocurrir, sin embargo, que la entidad haya de hacer frente a otras pérdidas no esperadas. De no tener recursos propios suficientes, la entidad sería insolvente y no podría cumplir sus obligaciones financieras. Mientras mayor sea el volumen de recursos propios, mayor será la capacidad de la entidad para hacer frente a circunstancias sobrevenidas sin poner en peligro su estabilidad.

Ésa podría ser una regla a aplicar, la mejor sin duda desde la perspectiva de la solvencia. Sin embargo, como suele ocurrir, lo que es bueno desde un punto de vista puede tener inconvenientes desde otro distinto. De manera simplificada, para poder conceder crédito no sólo hace falta disponer de recursos ajenos para poder canalizarlos, sino también de capital. Si éste es escaso o difícil de captar, unas mayores exigencias de capital implicarán una menor capacidad de concesión de crédito. Por tal motivo, las autoridades públicas han tratado de buscar una solución que permitiese un equilibrio entre ambos objetivos, preservar la solvencia y posibilitar el canal del crédito bancario.

En el año 1988, los principales países industrializados adoptaron el (primer) Acuerdo de Basilea sobre los requerimientos mínimos de capital exigibles a las entidades bancarias. A tal efecto se estableció un nivel mínimo del 8% de los activos ponderados por riesgo (APR). Éste se conoce como el modelo estándar. Posteriormente, merced a la revisión efectuada en el año 2004 (Basilea II), entre otros aspectos, se permitió que los bancos aplicaran modelos internos para determinar sus necesidades de capital.

A pesar del avance que habían supuesto, como amargamente ha mostrado la realidad, las reglas de Basilea no fueron suficientes para impedir el desencadenamiento de la crisis financiera internacional de 2007-2008. Ya en plena vorágine, hacia finales de 2010, el Comité de Basilea sobre Supervisión Bancaria difundió nuevas reglas, que pasaron a conocerse como Basilea III, que, además de elevar las exigencias cuantitativas, endurecieron los criterios de calificación de los recursos como capital. Su aplicación, no obstante, ha sido gradual. Una vez que acabe el período transitorio, a partir de 2019 los requerimientos mínimos de capital serán los siguientes: i) ratio de capital de primera categoría (CET1) del 4,5% de los APR, que, unida al colchón de conservación del capital (2,5%), implica una ratio del 7%; ii) ratio de capital total (incluyendo los recursos de primera y de segunda categorías) del 10,5%.

Hay que tener en cuenta, adicionalmente, que la normativa se basa en la articulación de tres pilares: el primero, que se corresponde con los requerimientos mínimos regulatorios; el segundo, que comprende asimismo los requerimientos adicionales que se derivan del proceso de supervisión prudencial; el tercer pilar, vinculado a la disciplina de mercado.

El referido estudio de W. R. Cline tiene como propósito cuantificar los costes y los beneficios para la economía por el hecho de requerir recursos adicionales de capital a los bancos, con vistas a valorar si la normativa de Basilea III mantiene un adecuado equilibrio entre los dos objetivos antes señalados, fortalecer la seguridad de los bancos y evitar un corsé excesivo sobre la actividad económica.

Su análisis se basa en una confrontación de los beneficios y los costes de ampliar los mencionados requerimientos de capital: comprobar si las ganancias adicionales derivadas de reducir el riesgo de crisis compensan los costes adicionales de exigir un mayor capital. Según este investigador, las reformas de Basilea III, que establecieron una mayor capitalización de los bancos, no han sido suficientes. Con base en sus estimaciones, dicha capitalización debería elevarse en torno a un tercio, lo que equivaldría a una ratio de capital total del orden del 13,7% de los APR.

A pesar de que el planteamiento de W. R. Cline supone un notable incremento de las exigencias de capital, resulta bastante modesto en comparación con el realizado por Anat Admati y Martin Hellwig, en una obra (“The bankers’s new clothes: what’s wrong with banking and what to do about it”, 2013), que ha alcanzado una amplia difusión. En dicha obra, de la que se ofrece una reseña en el número 12 de la revista eXtoikos, se propugna situar la ratio de capital de los bancos en niveles del 35% al 55% de los APR (entre un 20% y un 30% de los activos totales).

Una mirada alternativa a la relación entre la tasa de desempleo y la inflación

Resumen: En este artículo se muestra cómo la tasa de desempleo en España es, con diferencia, una de las más elevadas de Europa. La reforma laboral de 2012 ha tratado de eliminar algunas de las rigideces de nuestro mercado de trabajo, aunque con un éxito moderado por el momento. Una adecuada valoración del impacto de la inflación en los salarios nominales, conocida tanto por los empleadores como por los empleados y sus representantes, podría haber servido para mitigar la destrucción del tejido empresarial y, por tanto, de empleo, en estos años posteriores a la crisis financiera.

José Máría López Jiménez en eXtoicos

El cuaderno rojo: imponderables al pedir un crédito

Reseña del libro «El cuaderno Rojo: imponderables de pedir crédito»: 26.08.2018. Todo son finanzas

Benjamin Constant es una muestra del hombre ilustrado europeo. Viajó por todo el continente, dominó varios de sus idiomas, fue culto, refinado, seductor y vividor, con frecuencia se batió en duelo, y desempeñó relevantes cargos públicos en la Francia posterior a Napoleón.

De sus múltiples idilios el más sonado fue con Madame de Stäel, y de su círculo de relaciones merecen ser destacados personajes de la talla de Sismondi, Goethe o Schiller.

Pasados los cuarenta comenzó a redactar sus memorias, que no llegó a concluir, y que se centran en sus primeros 20 años de vida, especialmente en lo acaecido en 1787, dos años antes de la Revolución. Se trata de “El cuaderno rojo” (Periférica, 2008), por el  color de las tapas del cuaderno en que fueron escritas.

Son unas memorias que han servido de modelo para otras escritas con posterioridad, en las que se aprecia el carácter del joven Constant, no muy diferente del del Constant maduro (“Sola inconstantia constans”, era su lema). En la nota preliminar de Manuel Arranz de la edición a la que hemos tenido acceso se le define como “impulsivo, ingenuo, caprichoso, tímido, temerario, voluble, apasionado, indeciso, decidido, intrigante” (pág. 11).

Constant, como todo buen jugador y “bon vivant”, contraía deudas por doquier, que, por supuesto, eran diligentemente satisfechas por su padre. “El cuaderno rojo” muestra cómo a finales del siglo XVIII era frecuente el libramiento de letras de cambio para instrumentar y asegurar el pago de deudas, así como la existencia de bancos con presencia en varios Estados, ya fuera bien mediante la apertura de sucursales, bien mediante relaciones de corresponsalía.

A propósito del juego y las deudas, Constant relata “una aventura bastante divertida con una de las mujeres más ancianas del círculo de Madame Suard” (págs. 47-50):

“Se trataba de Madame Saurin, mujer de Saurin, el filósofo y autor de Espartaco. Había sido muy hermosa, cosa que sólo recordaba ella, pues tenía sesenta y cinco años. Me había distinguido con su amistad, y aunque yo había cometido la equivocación de burlarme un poco de ella, tenía más confianza en Madame Saurin que en cualquier otra persona de París. Un día había perdido en casa de Madame de Bourbonne todo el dinero que tenía, y todo el que me había podido jugar a crédito. Presionado para que pagara, se me ocurrió recurrir a Madame Saurin para que me prestase lo que me faltaba. Pero como yo mismo desaprobaba aquella acción, le escribí en lugar de hablarle, diciéndole que iría a recoger su respuesta durante la velada. Y, en efecto, fui. La encontré sola. Mi timidez natural, aumentada por las circunstancias, hizo que esperase bastante tiempo a que ella me hablase de mi nota. Finalmente, como ella no decía palabra, me decidí a romper el silencio, y empecé ruborizándome, bajando la mirada, y con una voz trémula:

—Os extrañará, tal vez —le dije—, mi atrevimiento. Me entristecería que os formarais de mí una impresión desfavorable por algo que no me hubiera atrevido a pediros nunca, si su amistad, tan grata para mí, no me hubiera animado a ello; la confesión que acabo de haceros, que vuestro silencio me hace temer que os haya ofendido, me ha sido arrancada por un irresistible impulso de confianza en usted.

Todo esto lo iba diciendo deteniéndome en cada palabra, y sin mirar a Madame Saurin. Viendo que no respondía nada, levanté la mirada y vi en su expresión de sorpresa que no daba crédito a mi sermón.

Le pregunté si no había recibido mi carta, y resultó que no. Desconcertado, de buena gana hubiera retirado mis palabras, si hubiera encontrado otros medios para salir del atolladero en que me encontraba. Pero no tenía más recursos. Había que continuar. Y continué:

—Usted ha sido tan buena conmigo, me ha demostrado tanto cariño. Tal vez me haya hecho demasiadas ilusiones. Pero hay momentos en que un hombre pierde la cabeza. Nunca me perdonaré si he traicionado su amistad. Por favor, permítame que no hable más de esa desafortunada carta. Permítame que le oculte lo que escapó de mí en un momento de obnubilación.

—No —me contestó—, confíe en mí. Quiero saberlo todo, acabe, acabe.

Y se cubrió el rostro con las manos mientras todo su cuerpo temblaba. Comprendí claramente que había tomado todo lo que acababa de decirle por una declaración de amor. Aquella equivocación, su emoción y una gran cama de damasco rojo que había a dos pasos de nosotros, me sumieron en un inexplicable terror. Pero reaccioné como un cobarde indignado y me apresuré a deshacer el equívoco.

—En el fondo —le dije—, no sé por qué la molesto con algo tan insignificante. He cometido la torpeza de jugar, perdí algo más de lo que dispongo en este momento, y os escribí para saber si podríais hacerme el favor de prestarme lo que me falta para salir del paso.

Madame Saurin permaneció inmóvil. Apartó las manos de su rostro, que ya no necesitaba ocultar. Se levantó sin decir una palabra y me entregó el dinero que le había pedido. Estábamos tan turbados, ella y yo, que todo transcurrió en silencio. Ni siquiera abrí la boca para darle las gracias”.

En conclusión: a la hora de pedir dinero a crédito, sobre todo para saldar deudas de juego, hay que ponderar todos los riesgos, incluso los más insospechados…

 

Lo que el dinero sí puede comprar

180819 Cataluna Declaraciones Calvo

Reseña de José Marí López Jiménez en 24.08.2018. Todo son finanzas

Nos da la impresión de que Carlos Peña escribió “Lo que el dinero sí puede comprar” (Taurus, 2018) como reacción directa a la obra de Michael Sandel “Lo que el dinero no puede comprar”; también creemos que el detonante definitivo para poner a Peña en marcha fue un paseo, en un fin de semana, por uno de esos grandes centros comerciales (un “mall”, en sus propias palabras), casi todos ellos idénticos, que podemos encontrar en las grandes ciudades de prácticamente cualquier lugar del mundo. Hay otro elemento de gran importancia para conocer qué pudo impulsar a Peña, de formación jurídica, sociológica y filosófica, a escribir este libro sobre los mercados, el consumo y dinero: su nacionalidad chilena, lo que le permite conocer de primera mano la tensión entre comunismo y capitalismo, y la transición de un régimen a otro.

Conocedores como somos de lo que “El dinero no puede comprar”, nos parece aventurado, sin restarle ni un ápice de su calidad y originalidad como pensador, poner a Sandel a la altura de Aristóteles, Santo Tomás, Rousseau, Durkheim, Marx, Polanyi…

En este libro de Carlos Peña prevalece el profundo análisis de la obra ajena, sobre todo de filósofos, sociólogos y antropólogos, de economistas en mucha menor medida, por lo que realmente no se encontrarán ideas originales del autor; de hecho, su último capítulo (“Algunas conclusiones”) se cierra con una doble cita a Isaiah Berlin y a Immanuel Kant. Esto, en cualquier caso, no le quita interés a la obra, que nos parece que destaca por ofrecer otro punto de vista, desde otras disciplinas, en el análisis del mercado y la democracia, que, como mostró Kenneth Arrow, tienen por propósito común aunar decisiones individuales para formar una decisión que las excede a todas.

Peña parte de una constatación predicable de Chile, pero también de cualquier otro país del mundo que, en el marco de una economía de mercado, haya alcanzado un cierto nivel de riqueza individual y colectiva: “la aparición de una muy extendida cultura del consumo y satisfacción por el bienestar material, pero al mismo tiempo la sospecha de que hay algo valioso que se escurre cuando se lo alcanza” (pág. 11), de un “rechazo al dinero como mediador de las relaciones sociales y del mercado como mecanismo de cooperación social” (pág. 15).

Para Peña, “hay, es cierto, una sensación de malestar con las rutinas del consumo y del mercado; pero al mismo tiempo, todos, y a veces especialmente los más críticos, las practican con riguroso entusiasmo como si encontraran un cierto deleite en aquello que, según declaran, los extravía” (pág. 16). No es difícil encontrar ejemplos cercanos que confirman la validez de la afirmación de Peña.

El consumo de masas principia en el siglo XVI, aupado por el auge del comercio marítimo, comenzando a configurarse en aquella fecha las sociedades modernas. Mucho más tarde, en el siglo XX, será un sociólogo, Luhmann, quien determine que el dinero permite en una sociedad diferenciada hasta lo inimaginable reducir la complejidad: el dinero es un medio de comunicación simbólicamente generalizado (pág. 61). Llegado este punto la relación social ya no requiere un vínculo entre dos identidades personales, ni la participación de una conciencia reflexiva, con el resultado de que el vínculo social se reduce a meras interacciones mudas, como ocurre hoy en un mercado o centro comercial (págs. 62 y 63).

Desde la antropología se concibe el intercambio como el hecho social fundamental sobre el que se erige el orden social en su conjunto (pág. 65). De la reflexión de Mauss, discípulo y sobrino de Durkheim, resulta que todo orden social reposa en la distinción entre lo sagrado y lo profano. Uno de los sacrificios —simbólicos— de nuestra época, del moderno capitalismo, sería el consumo, que aúna dilapidación, derroche y culpa (pág. 66).

La explicación de los mercados y de los intercambios desde la economía, pone de relieve Peña, es mucho más modesta, para llegar, tras un origen que ligó el mercado (“mercatus”, en latín) con el dios Mercurio, a un mecanismo abstracto que permite fijar precios para el intercambio, visión que se consolidó con Alfred Marshall (págs. 70 y 71).

Nos ha parecido singular que la palabra española específica para designar al mercado sea “feria”, lo que colorea el fenómeno con un tinte festivo, que no se encuentra en otras lenguas más ascéticas en este sentido, como el inglés, el francés o el alemán. En la economía clásica el mercado no era tan relevante para fijar los precios, pues lo verdaderamente notable era la función del trabajo humano, como concluyó David Ricardo, a quien Marx admiró y siguió en este punto.

Fue Fiedrich von Hayek, siguiendo a Karl Menger (pág. 110), el que señaló que el mercado es una institución que permite alcanzar, gracias al sistema de precios (pág. 108), soluciones racionales sin que exista un órgano centralizado que asuma tal tarea. Hayek, que diferenció entre democracia y liberalismo, llegó a admitir controvertidamente en una visita al Chile de Pinochet que “es posible que un dictador gobierne de manera liberal (…). Yo personalmente prefiero a un dictador liberal que a un gobierno democrático carente de liberalismo” (pág. 76). Este “dictador liberal” se puede identificar, precisa Peña, con quien promueve el orden de mercado.

A pesar de todo, con sus posibles excesos y la hipotética falta de comprensión del sentido último de sus palabras, Hayek formuló un concepto que consideramos extraordinario, el de “catalaxia”, para referir que el orden de mercado no se limita al intercambio sino que también puede servir para admitir al enemigo en la comunidad y, en consecuencia, transformarle en amigo (pág. 77). Así concebido, el mercado sería el mecanismo de integración por excelencia, que permitiría, en algún momento, prescindir de la política.

Puede que el más agudo de los críticos de Hayek haya sido Karl Polanyi. Para este, hay tres tipos básicos de integración social: la reciprocidad, la redistribución y el intercambio en sentido estricto. El error de la economía moderna, de la economía neoclásica, consistiría en reducir toda la actividad económica al intercambio (pág. 83), como consecuencia de una decisión adoptada consciente y voluntariamente por alguien en algún momento y lugar. Esta ingeniería social, este viraje hacia la “comodificación” (del inglés “commodity”) de la vida, acaeció entre 1750 y 1850 (la “Gran Transformación”), siendo su centro impulsor la Inglaterra de dicha época. Este dominio del mercado amenaza la existencia de la sociedad en su conjunto.

Si Polanyi estima que la sociedad dominada por el mercado queda a merced del fascismo, la consolidación de instancias centrales de decisión llevaría, para Hayek, al fascismo o al comunismo (curiosamente, señala Peña, las obras centrales de ambos autores —“La gran transformación” y “Camino de servidumbre”, respectivamente— se publicaron en 1944). Peña no se pronuncia sobre la unanimidad para condenar a los fascismos y la ambigüedad, incluso el abierto apoyo que le prestan algunos a estas alturas, a los regímenes totalitarios de signo opuesto.

La sociedad capitalista moderna —la “jaula de hierro” weberiana— se define por el tránsito de la comunidad, basada en el conocimiento mutuo y en los estrechos lazos entre sus integrantes, a la sociedad, sustentada en relaciones mucho más superficiales y en el contrato. Es posible que el rechazo al mercado derive de una cierta nostalgia hacia esa primitiva comunidad en la que los destinos de todos estaban fuertemente anudados, a pesar de la limitación para elegir y forjar un propio destino que ella suponía.

Durkheim, como Polanyi, identificó que el vínculo social entre los individuos debía inspirarse en convicciones más o menos sacras, no contractuales ni mercantiles, pero unificadoras materialmente de la vida social (pág. 94). De aquí surgirá con el tiempo una tensión entre el Estado, que ofrece este marco de convivencia, y el mercado, sobre todo cuando las fronteras del primero se desbordan por el comercio internacional y por la globalización.

Peña pone un punto de sentido común al escribir que “Un mundo totalmente mercantilizado, donde todas las cosas existentes fueran objeto de cambio, como uno absolutamente desmercantilizado, donde cada cosa fuera singular, única y no susceptible de cambio ni sustitución, son absurdos, tipos polares que no encuentran correlato en la realidad” (pág. 150), luego “en todas las sociedades hay cosas que son puestas aparte del intercambio, cosas, como diría Sandel, que el dinero no puede comprar” (pág. 151). Un ejemplo de ello puede encontrarse en las leyes suntuarias, que establecen quién puede comprar qué, partiendo del lugar que cada individuo ocupa en el orden social, es decir, atendiendo a su adscripción social, aunque este criterio ordenador se ha ido atenuando paulatinamente con la consolidación del mercado, al que puede acceder, en principio, cualquiera, como veremos enseguida.

Posteriormente Peña cita a Dworkin, para el que el trato igualitario al que nuestras sociedades deben aspirar se alcanza mejor por el mercado que por el Estado redistribuidor (pág. 158), no tanto por razones de eficiencia sino por “el hecho de que favorece la expansión y el ejercicio de la libertad concebida como la capacidad igual de los seres humanos de decidir el tipo de vida que quieren vivir” (pág. 164).

Apunta Peña, citando a Tocqueville (“Lo que odian los hombres es una clase de desigualdad más que la desigualdad misma”), que algunas desigualdades son merecidas y correctas, como las que reflejan el esfuerzo personal, y otras son inmerecidas e incorrectas, como las que se desprenden de factores meramente adscriptivos o hereditarios, que poco o nada tienen que ver con el esfuerzo personal: “A una sociedad democrática, entonces, no le repugna la desigualdad en sí misma (…) sino la desigualdad que no es producto del mérito o el esfuerzo personal. Este tipo de desigualdad es moralmente valiosa porque realiza el ideal (de) que la vida personal dependa de la voluntad de cada uno” (pág. 185).

Hay alguna reflexión de Peña que quizás mereciera mayor precisión o desarrollo, como cuando escribe que “el acceso a las mercancías está restringido por la disponibilidad de dinero (…), el mercado está diseñado, en principio, para todo el mundo, como si todos pudieran alcanzarlo” (pág. 203), obviando que podría darse el caso de que determinadas personas renunciaran voluntariamente al intercambio de una mercancía o servicio por dinero y decidieran recurrir a la permuta, en sentido amplio, para satisfacer sus necesidades, o que en la fecha actual en nuestra sociedad cosmopolita y globalizada se premia más en el reparto de la riqueza al capital que a los trabajadores que con su quehacer diario hacen que el movimiento del engranaje del mercado sea posible (lo que nos llevaría, de nuevo, al terreno de la distribución y la redistribución, tanto privada como pública).

Con todo, merece ser apreciado el esfuerzo del profesor Peña y su capacidad para enhebrar las ideas originadas en diversos ámbitos del conocimiento para explicar qué es el mercado y el dinero, desde Aristóteles hasta Michael Sandel.