Un difícil conyuntura (económica)

Pasado ya el habitual relajamiento veraniego y con nuevos datos y opiniones de los expertos, la situación de la coyuntura económica española presenta para la mayoría de los analistas cinco rasgos básicos:

1.º La continuidad en el crecimiento positivo del PIB. Un crecimiento que, para el conjunto de 2018 y 2019, superará a la media de los países de la UEM según todas las previsiones.

2.º Sin embargo, la mayoría de los analistas apuesta por una cierta desaceleración del ritmo de crecimiento del PIB en este y en los próximos años algo más severa ahora que en las estimaciones anteriores.

3.º Una correlativa pérdida de intensidad en la reducción del paro y en la creación de empleo. Los datos de paro registrado y de afiliación a la Seguridad Social correspondientes al mes de agosto son muy expresivos

El paro registrado ha aumentado en 47.047 trabajadores y la afiliación a la Seguridad Social en agosto se ha reducido en 202.996 personas respecto al mes de julio.

4.º Los precios, dentro de una línea de relativa estabilidad, van iniciando un crecimiento moderado, independientemente de la elevación imputable al incremento del precio del petróleo. Así, entre agosto de 2016 y agosto de 2018 el crecimiento del índice de inflación subyacente ha sido de un 2% frente al 0,8% que se registró entre agosto de 2013 y el mismo mes de 2015.

5.º Finalmente cabe destacar un comportamiento sorprendente del sector exterior. Las exportaciones están reduciendo sustancialmente su ritmo de crecimiento y las importaciones –aunque mantienen su positiva trayectoria– han crecido con más intensidad de lo previsto.

Con ese marco de referencia, el tema que ensombrece el panorama es la prevista desaceleración del crecimiento. ¿Qué razones explican esa pérdida de dinamismo? En el corto plazo estos serían los factores clave: el renacimiento del proteccionismo propiciado por el presidente Trump; el bajo crecimiento de los países europeos y la pérdida de intensidad de la evolución de los países emergentes; la elevación de los precios del petróleo; la tendencia de la política monetaria hacia la suave elevación de los tipos de interés; el fuerte endeudamiento nacional y particularmente público que dificulta cualquier acción compensadora de la política presupuestaria, y la pérdida de intensidad en el consumo de los hogares, una vez pasado el aumento compulsivo que suele seguir a los periodos de crisis, entre otros.

Adicionalmente España tiene unos compromisos por su pertenencia a la UEM, que le obligan en los próximos años a eliminar el déficit público estructural.

Pero existe otra razón para la ralentización del crecimiento que, en mi opinión, es más preocupante y que está pasando un tanto desapercibida seguramente porque exige una visión menos cortoplacista de lo que suele ser habitual. Me refiero al hecho de que el intenso crecimiento desde 2014 ha ido conduciendo a nuestra economía real hacia los límites del crecimiento potencial.

Mientras el PIB efectivo es menor que el potencial, el crecimiento económico puede acentuarse impulsando la demanda global, como ha venido ocurriendo en España en el último quinquenio. Una vez alcanzado el potencial el crecimiento del PIB efectivo, dada la lenta evolución de los factores, exige aumentos de la productividad. Según todos los indicios, la producción real de España debe de estar muy cerca de su valor potencial (según Eurostat ya se alcanzó esa igualdad en 2017).

Sin embargo, el acoplamiento del PIB efectivo al potencial no se produce de forma automática, hay un periodo de adaptación en el que el PIB efectivo puede ‘superar’ al potencial aunque rompiendo con el principio de estabilidad y tolerando cierto nivel de inflación

A la vista de esas características de nuestra coyuntura, la pregunta tan lógica como difícil de responder es: ¿hacia dónde va la economía española?

En mi opinión hay dos trayectorias con mayor probabilidad. La primera de ellas, que podemos denominar ‘trayectoria Solow’, en honor de Robert Solow, premio Nobel de Economía en 1987, se manifestaría en una inicial posición del PIB efectivo superior al PIB potencial, acompañada de una inflación creciente, que se va ajustando paulatinamente a la evolución del PIB potencial.

La segunda trayectoria, que denominaré ‘trayectoria Keynes’ en recuerdo del gran economista John Maynard Keynes, consistiría en una reducción más o menos rápida de la demanda global como consecuencia de la ‘malignización’ de algunos de los factores antes mencionados que irían situando a la economía en una fase decreciente de un nuevo ciclo que, hoy por hoy, no se vislumbra en absoluto tan intenso como el que sucedió entre 2008 y 2014.

Ante estos dos escenarios, ¿qué cabe hacer? Yo creo que existen un par de aspectos en los que debe centrarse la política económica de los próximos años:

1.–Aprovechar el periodo 2019-2021 para sanear el sector público. La eliminación del déficit, el establecimiento de un plan de reducción de la tasa de endeudamiento público y la revisión del sistema impositivo son medidas necesarias que permitan disponer de un sector público más saneado que pueda ejercer una política presupuestaria adecuada.

2.–A medio plazo es necesario avanzar en el cambio de modelo de crecimiento. El potencial productivo de la economía española debe crecer basándose en un aumento de la productividad global de los factores. Lo que implica una política seria de capitalización física, humana y tecnológica. Un simple ajuste de la evolución del PIB efectivo a su trayectoria potencial (con un crecimiento en torno al 1,5% según los estudios disponibles) es demasiado débil como para permitir un aumento sensible de la ocupación y una adecuada generación de bienes y servicios.

En suma, como se ve, pese a las apariencias, el futuro económico de España depende de la voluntad que se ponga en resolver sus problemas de fondo, nada asegura que, si no se hace nada, el crecimiento vaya a seguir discurriendo a las elevadas tasas de estos últimos años.

19.09.2018. Diario Sur. Tribuna

 

Los requerimientos óptimos del capital de los bancos: la contribución de W. R. Cline

NOTA DE LA REDACCIÓN:

El Gobierno tiene previsto el aumento de imposición de los bancos a las arcas del tesoro. En este artículo se reflexiona sobre la cuestión y al mismo tiempo, se expone pedagógicamente una parte de lo que es el sistema financiero. El Foro no necesariamente está de acuerdo con los planteamiento del autor, el cual es el único responsable de sus opiniones.

Por José Manuel Domínguez Martínez, catedrático de Hacienda Pública de la Universidad de Málaga, publicado en “Tiempo Vivo”

La gran crisis financiera internacional de 2007-2008, convertida en eje de la Gran Recesión, ha desatado numerosas reacciones en los planos más diversos. El regulatorio es uno de los que, en toda lógica, ha registrado una mayor actividad, impulsada por el firme propósito de reforzar la arquitectura del sistema financiero a fin de evitar la repetición de episodios como los vividos en la primera mitad de la presente década, que han causado tan elevados costes económicos y sociales.

Dentro de las medidas arbitradas o propuestas no han faltado algunas movidas por una voluntad ejemplarizante y redentora, alimentadas por un deseo de que las principales entidades identificadas como causantes del descalabaro expiaran sus culpas. Sin que ello implicara, en ningún momento, pararse a pensar que, en el camino, pudieran pagar justos por pecadores. Una vez activado el mecanismo de la condena generalizada al sector financiero es difícil abstraerse de la fuerza de la corriente imperante. Ese espíritu se percibe incluso en el estilo y el contenido de los trabajos académicos, que en no pocas ocasiones parten de axiomas a los que posteriormente se trata de buscar alguna justificación teórica y/o empírica.

Hasta tal punto es así que encontrarse con un trabajo como el de William R. Cline (“The right balance for banks. Theory and evidence on optimal capital requirements”, Peterson Institute for International Economics, Washington, DC, 2017), que, de entrada, no se alinea con las tesis dominantes sino que, siguiendo una rigurosa metodología científica, trata de llegar a conclusiones fundamentadas, no deja de constituir una cierta sorpresa.

Una de las prioridades de la reforma regulatoria de los últimos años ha sido el incremento del nivel requerido de los recursos de capital de primera categoría, complementados con otros recursos que puedan convertirse contingentemente -esto es, si se cumplen determinados supuestos de debilidad financiera- en capital, de manera que puedan ser utilizados para compensar pérdidas. La finalidad de que las entidades bancarias puedan disponer de suficiente margen para absorber pérdidas inesperadas es doble: por una parte, limitar la presencia en el mercado a instituciones con adecuados niveles de solvencia; por otra, aislar al presupuesto público del impacto de situaciones de crisis bancarias, aparcando así la vía de los controvertidos rescates públicos.

Aparte de un claro reforzamiento de la actividad supervisora, tanto en extensión como en intensidad, las entidades son sometidas a pruebas periódicas de estrés con objeto de calibrar la capacidad de aquéllas para hacer frente de forma autónoma a situaciones adversas. Asimismo, las entidades han de tener aprobados un plan de recuperación en el que se detallen las medidas disponibles para obtener capital o disminuir los requerimientos de éste. Igualmente, han de preparar un plan de resolución, de forma que, ante una eventual situación de inviabilidad, no reversible, se pueda llevar a cabo una finalización ordenada de la actividad o propiciar su continuidad en el marco de otra entidad viable, todo ello sin incurrir en un colapso perjudicial para el sistema.

Los recursos de capital puro tienen una importancia crucial para la solvencia de cualquier sociedad mercantil. Su característica básica es que no existe ninguna exigibilidad externa respecto a los mismos, por lo que pueden ser utilizados libremente por la sociedad para hacer frente a cualquier pérdida inesperada. En sentido estricto, el capital puro efectivo es lo que quedaría disponible después de que la sociedad haya hecho frente a todas sus obligaciones con terceros. Evidentemente, mientras mayor sea el “sobrante” de recursos por encima del importe de las obligaciones, mayor será la solvencia de la entidad, y mayor el margen para asumir pérdidas no previstas.

Hay dos vías básicas para nutrir los recursos propios de primera categoría, bien la emisión de nuevas acciones, bien la retención de beneficios netos mediante la dotación a reservas.

¿Cuál es el nivel mínimo de tales recursos que debe exigirse a una entidad bancaria? En una entidad de este tipo concurren una serie de características que le confieren unas connotaciones singulares respecto a otras entidades no financieras. En su versión tradicional, los bancos desempeñan una función económica como intermediarios financieros. Ésta se ha sustentado esencialmente en la captación de depósitos del público con objeto de realizar préstamos también al público. La transformación de vencimientos llevada a cabo, a fin de compatibilizar la existencia de depósitos a la vista y a corto plazo con préstamos a largo plazo conlleva ineludiblemente un problema de gestión de la liquidez. Eventualmente, un banco solvente, cuyos recursos totales permitan atender todas las obligaciones, podría devenir en inviable en la práctica si no dispone de fuentes adecuadas de liquidez.

Pero el problema de la solvencia es distinto. En esencia radica en la calidad de los activos en los que se invierten los fondos captados por una u otra vía. Dado que, en circunstancias normales, una parte de los activos sufrirá algún deterioro por el curso normal de los negocios, la entidad, dentro de sus costes ordinarios, deberá ir constituyendo unas provisiones para hacerles frente cuando finalmente se materialicen. Supongamos que una entidad ha captado recursos por importe de 100 unidades monetarias que invierte en un activo de igual cuantía. Puede darse el caso de que el valor estimado del activo se sitúe, como consecuencia de una pérdida esperada, en 90 unidades monetarias. Puesto que el valor de la deuda contraída no baja sino que mantiente intacto su valor nominal, el banco, a partir de los recursos generados, deberá apartar un importe de 10 unidades monetarias para poder atenderla en su integridad.

Bajo este esquema, las pérdidas esperadas deben cubrirse por la vía de las provisiones ligadas a la gestión normal del negocio. Puede ocurrir, sin embargo, que la entidad haya de hacer frente a otras pérdidas no esperadas. De no tener recursos propios suficientes, la entidad sería insolvente y no podría cumplir sus obligaciones financieras. Mientras mayor sea el volumen de recursos propios, mayor será la capacidad de la entidad para hacer frente a circunstancias sobrevenidas sin poner en peligro su estabilidad.

Ésa podría ser una regla a aplicar, la mejor sin duda desde la perspectiva de la solvencia. Sin embargo, como suele ocurrir, lo que es bueno desde un punto de vista puede tener inconvenientes desde otro distinto. De manera simplificada, para poder conceder crédito no sólo hace falta disponer de recursos ajenos para poder canalizarlos, sino también de capital. Si éste es escaso o difícil de captar, unas mayores exigencias de capital implicarán una menor capacidad de concesión de crédito. Por tal motivo, las autoridades públicas han tratado de buscar una solución que permitiese un equilibrio entre ambos objetivos, preservar la solvencia y posibilitar el canal del crédito bancario.

En el año 1988, los principales países industrializados adoptaron el (primer) Acuerdo de Basilea sobre los requerimientos mínimos de capital exigibles a las entidades bancarias. A tal efecto se estableció un nivel mínimo del 8% de los activos ponderados por riesgo (APR). Éste se conoce como el modelo estándar. Posteriormente, merced a la revisión efectuada en el año 2004 (Basilea II), entre otros aspectos, se permitió que los bancos aplicaran modelos internos para determinar sus necesidades de capital.

A pesar del avance que habían supuesto, como amargamente ha mostrado la realidad, las reglas de Basilea no fueron suficientes para impedir el desencadenamiento de la crisis financiera internacional de 2007-2008. Ya en plena vorágine, hacia finales de 2010, el Comité de Basilea sobre Supervisión Bancaria difundió nuevas reglas, que pasaron a conocerse como Basilea III, que, además de elevar las exigencias cuantitativas, endurecieron los criterios de calificación de los recursos como capital. Su aplicación, no obstante, ha sido gradual. Una vez que acabe el período transitorio, a partir de 2019 los requerimientos mínimos de capital serán los siguientes: i) ratio de capital de primera categoría (CET1) del 4,5% de los APR, que, unida al colchón de conservación del capital (2,5%), implica una ratio del 7%; ii) ratio de capital total (incluyendo los recursos de primera y de segunda categorías) del 10,5%.

Hay que tener en cuenta, adicionalmente, que la normativa se basa en la articulación de tres pilares: el primero, que se corresponde con los requerimientos mínimos regulatorios; el segundo, que comprende asimismo los requerimientos adicionales que se derivan del proceso de supervisión prudencial; el tercer pilar, vinculado a la disciplina de mercado.

El referido estudio de W. R. Cline tiene como propósito cuantificar los costes y los beneficios para la economía por el hecho de requerir recursos adicionales de capital a los bancos, con vistas a valorar si la normativa de Basilea III mantiene un adecuado equilibrio entre los dos objetivos antes señalados, fortalecer la seguridad de los bancos y evitar un corsé excesivo sobre la actividad económica.

Su análisis se basa en una confrontación de los beneficios y los costes de ampliar los mencionados requerimientos de capital: comprobar si las ganancias adicionales derivadas de reducir el riesgo de crisis compensan los costes adicionales de exigir un mayor capital. Según este investigador, las reformas de Basilea III, que establecieron una mayor capitalización de los bancos, no han sido suficientes. Con base en sus estimaciones, dicha capitalización debería elevarse en torno a un tercio, lo que equivaldría a una ratio de capital total del orden del 13,7% de los APR.

A pesar de que el planteamiento de W. R. Cline supone un notable incremento de las exigencias de capital, resulta bastante modesto en comparación con el realizado por Anat Admati y Martin Hellwig, en una obra (“The bankers’s new clothes: what’s wrong with banking and what to do about it”, 2013), que ha alcanzado una amplia difusión. En dicha obra, de la que se ofrece una reseña en el número 12 de la revista eXtoikos, se propugna situar la ratio de capital de los bancos en niveles del 35% al 55% de los APR (entre un 20% y un 30% de los activos totales).

Una mirada alternativa a la relación entre la tasa de desempleo y la inflación

Resumen: En este artículo se muestra cómo la tasa de desempleo en España es, con diferencia, una de las más elevadas de Europa. La reforma laboral de 2012 ha tratado de eliminar algunas de las rigideces de nuestro mercado de trabajo, aunque con un éxito moderado por el momento. Una adecuada valoración del impacto de la inflación en los salarios nominales, conocida tanto por los empleadores como por los empleados y sus representantes, podría haber servido para mitigar la destrucción del tejido empresarial y, por tanto, de empleo, en estos años posteriores a la crisis financiera.

José Máría López Jiménez en eXtoicos

El proyecto Edufinet de Unicaja recopila un registro de 3.000 siglas y acrónimos

 

Edufinet. Repertorio de siglas y acrónimos

El repertorio, disponible en la web, es una herramienta de consulta para el lector de textos económicos y financieros

El Proyecto Edufinet, impulsado por Unicaja Bancoy la Fundación Unicaja, ofrece en su página webuna nueva edición del ‘Repertorio de Siglas y Acrónimos del Sistema Financiero’, con la inclusión de casi 3.000 entradas.

Esta recopilación pretende convertirse en unaherramienta de consulta para el lector de textos económicos y financieros, ya se trate de usuarios de estos servicios o de profesionales del sector.

Este repertorio es obra de Gonzalo Gómez Hoyo y tal y como subraya el autor, la abundancia de estos lexemas puede atribuirse a la considerable incidencia que tienen en la vida diaria los diferentes organismos, instituciones y productos financieros y bancarios que surgen cotidianamente, con los consiguientes problemas de denominación y significado.

La extensión de sus nombres impone acortarlos para evitar constantes reiteraciones no sólo en el texto escrito, sino también en el discurso oral.

La mayor parte de las siglas y acrónimos que integran el vocabulario de la economía son de naturaleza nominal y sirven para calificar palabras compuestas de considerable tamaño, contribuyendo mediante el acortamiento y la precisión semántica a proporcionar al lenguaje económico las características de rapidez y eficacia, según ha precisado el autor. Sin embargo, esta disminución provoca la pérdida de significado, lo que justifica la utilidad de una obra como ésta.

Proyecto Edufinet

Edufinet, que cuenta con la colaboración de 14 universidades y diversas instituciones y organizaciones empresariales, es un proyecto de educación financiera pionero en el país, en marcha desde hace más de una década y con un programa muy activo, dirigido a acercar el mundo de las finanzas a los ciudadanos. Esta labor le ha hecho merecedor de varios premios, han explicado a través de un comunicado.

Además de la página web (www.edufinet.com), el Proyecto Edufinet ofrece otros dos portales específicos: el primero de ellos dirigido al colectivo de empresarios y emprendedores (Edufiemp), y el segundo, a los jóvenes (Edufinext).

El Proyecto Edufinet ha desarrollado durante el curso 2017-2018 un total de 70 acciones formativas, a través de las que se han impartido más de 400 sesiones y talleres de educación financiera, en las que han participado de forma directa y presencial unas 22.000 personas, pertenecientes a distintos colectivos y con diversos niveles educativos.

Las distintas jornadas formativas han sido impartidas por más de 70 formadores que colaboran con Edufinet de forma desinteresada. Entre las distintas acciones formativas llevadas a cabo durante este curso destacan las IX Jornadas de Educación Financiera para Jóvenes, desarrolladas en cerca de 270 centros educativos de Andalucía, Castilla-La Mancha, Castilla y León, Extremadura, Ceuta y Melilla, y en las que han participado unos 18.300 alumnos.

También merecen ser resaltadas, entre otras actividades, la VIII Olimpiada Financiera, las jornadas sobre educación financiera general, fiscalidad, toma de decisiones financieras en el ámbito personal o los cursos para invertir con criterio en bolsa y sobre emprendimiento y creación de empresas.

En concreto, esta actualización incluye más de 2.700 siglas y acrónimos, a los que se puede acceder en la página web del Proyecto Edufinet; y, en concreto, a través del enlace

29.08.2018. La Opinión de Málaga

El cuaderno rojo: imponderables al pedir un crédito

Reseña del libro “El cuaderno Rojo: imponderables de pedir crédito”: 26.08.2018. Todo son finanzas

Benjamin Constant es una muestra del hombre ilustrado europeo. Viajó por todo el continente, dominó varios de sus idiomas, fue culto, refinado, seductor y vividor, con frecuencia se batió en duelo, y desempeñó relevantes cargos públicos en la Francia posterior a Napoleón.

De sus múltiples idilios el más sonado fue con Madame de Stäel, y de su círculo de relaciones merecen ser destacados personajes de la talla de Sismondi, Goethe o Schiller.

Pasados los cuarenta comenzó a redactar sus memorias, que no llegó a concluir, y que se centran en sus primeros 20 años de vida, especialmente en lo acaecido en 1787, dos años antes de la Revolución. Se trata de “El cuaderno rojo” (Periférica, 2008), por el  color de las tapas del cuaderno en que fueron escritas.

Son unas memorias que han servido de modelo para otras escritas con posterioridad, en las que se aprecia el carácter del joven Constant, no muy diferente del del Constant maduro (“Sola inconstantia constans”, era su lema). En la nota preliminar de Manuel Arranz de la edición a la que hemos tenido acceso se le define como “impulsivo, ingenuo, caprichoso, tímido, temerario, voluble, apasionado, indeciso, decidido, intrigante” (pág. 11).

Constant, como todo buen jugador y “bon vivant”, contraía deudas por doquier, que, por supuesto, eran diligentemente satisfechas por su padre. “El cuaderno rojo” muestra cómo a finales del siglo XVIII era frecuente el libramiento de letras de cambio para instrumentar y asegurar el pago de deudas, así como la existencia de bancos con presencia en varios Estados, ya fuera bien mediante la apertura de sucursales, bien mediante relaciones de corresponsalía.

A propósito del juego y las deudas, Constant relata “una aventura bastante divertida con una de las mujeres más ancianas del círculo de Madame Suard” (págs. 47-50):

“Se trataba de Madame Saurin, mujer de Saurin, el filósofo y autor de Espartaco. Había sido muy hermosa, cosa que sólo recordaba ella, pues tenía sesenta y cinco años. Me había distinguido con su amistad, y aunque yo había cometido la equivocación de burlarme un poco de ella, tenía más confianza en Madame Saurin que en cualquier otra persona de París. Un día había perdido en casa de Madame de Bourbonne todo el dinero que tenía, y todo el que me había podido jugar a crédito. Presionado para que pagara, se me ocurrió recurrir a Madame Saurin para que me prestase lo que me faltaba. Pero como yo mismo desaprobaba aquella acción, le escribí en lugar de hablarle, diciéndole que iría a recoger su respuesta durante la velada. Y, en efecto, fui. La encontré sola. Mi timidez natural, aumentada por las circunstancias, hizo que esperase bastante tiempo a que ella me hablase de mi nota. Finalmente, como ella no decía palabra, me decidí a romper el silencio, y empecé ruborizándome, bajando la mirada, y con una voz trémula:

—Os extrañará, tal vez —le dije—, mi atrevimiento. Me entristecería que os formarais de mí una impresión desfavorable por algo que no me hubiera atrevido a pediros nunca, si su amistad, tan grata para mí, no me hubiera animado a ello; la confesión que acabo de haceros, que vuestro silencio me hace temer que os haya ofendido, me ha sido arrancada por un irresistible impulso de confianza en usted.

Todo esto lo iba diciendo deteniéndome en cada palabra, y sin mirar a Madame Saurin. Viendo que no respondía nada, levanté la mirada y vi en su expresión de sorpresa que no daba crédito a mi sermón.

Le pregunté si no había recibido mi carta, y resultó que no. Desconcertado, de buena gana hubiera retirado mis palabras, si hubiera encontrado otros medios para salir del atolladero en que me encontraba. Pero no tenía más recursos. Había que continuar. Y continué:

—Usted ha sido tan buena conmigo, me ha demostrado tanto cariño. Tal vez me haya hecho demasiadas ilusiones. Pero hay momentos en que un hombre pierde la cabeza. Nunca me perdonaré si he traicionado su amistad. Por favor, permítame que no hable más de esa desafortunada carta. Permítame que le oculte lo que escapó de mí en un momento de obnubilación.

—No —me contestó—, confíe en mí. Quiero saberlo todo, acabe, acabe.

Y se cubrió el rostro con las manos mientras todo su cuerpo temblaba. Comprendí claramente que había tomado todo lo que acababa de decirle por una declaración de amor. Aquella equivocación, su emoción y una gran cama de damasco rojo que había a dos pasos de nosotros, me sumieron en un inexplicable terror. Pero reaccioné como un cobarde indignado y me apresuré a deshacer el equívoco.

—En el fondo —le dije—, no sé por qué la molesto con algo tan insignificante. He cometido la torpeza de jugar, perdí algo más de lo que dispongo en este momento, y os escribí para saber si podríais hacerme el favor de prestarme lo que me falta para salir del paso.

Madame Saurin permaneció inmóvil. Apartó las manos de su rostro, que ya no necesitaba ocultar. Se levantó sin decir una palabra y me entregó el dinero que le había pedido. Estábamos tan turbados, ella y yo, que todo transcurrió en silencio. Ni siquiera abrí la boca para darle las gracias”.

En conclusión: a la hora de pedir dinero a crédito, sobre todo para saldar deudas de juego, hay que ponderar todos los riesgos, incluso los más insospechados…