¿Nueva crisis económica mundial? ¿Cómo quedaremos los españoles?

La desaceleración de la economía mundial también llama a las puertas de España

Tras las últimas alertas del FMI sobre la ‘tormenta’ que se avecina, los expertos analizan si el país podría con otra crisis

La desaceleración de la economía es un hecho. Aunque el Fondo Monetario Internacional (FMI) nunca se ha caracterizado por ser el organismo más optimista del panorama, en sus últimas estimaciones los datos no dejan lugar a dudas: la riqueza neta mundial se redujo entre 2007 y 2016 en 9,6 billones de euros. Según la edición de octubre del ‘Monitor Fiscal 2018’ elaborado por el Fondo, existe una «amplia dispersión» entre los países. Por ejemplo, el patrimonio de Reino Unido se ha deteriorado en un valor similar al 49% de su PIB en los últimos diez años, mientras que en noruega se ha incrementado en el 167% del PIB.

La institución dirigida por Chirstine Lagarde, explica en el informe que los motivos de esta caída en el total del patrimonio de los Estados se puede achacar a la acumulación de deuda y a la caída de la inversión pública. Además, para que la situación termine de complicarse, el organismo cifró en un 60% superior la deuda mundial a la de hace diez años, momento en el que comenzó la última crisis financiera. La cantidad supera los 152 billones de euros. El FMI advierte de que la economía mundial deberá enfrentar ciertos desafíos para evitar ‘la segunda Gran Depresión’.

14.10.2018. Vocento. Edurne Martínez. Leer más

La política arancelaria de Trump, en el punto de mira del mundo

La creciente tensión comercial internacional motivada por EE UU es «perjudicial» para la recuperación económica de todos los países

Durante su campaña electoral, Donald Trump prometió que China sería sancionada por sus actitudes comerciales y políticas. Y así ha sido. En solo tres meses el presidente estadounidense ha activado aranceles a importaciones de bienes chinos de hasta 250.000 millones de dólares, la mitad de todos los productos que llegaron del gigante asiático el año anterior. A pesar de los evidentes daños colaterales de su estrategia -expertos de todo el mundo ya han advertido de que el efecto búmeran puede ser muy perjudicial para su país- Trump no da su brazo a torcer.

Hasta tal punto que la directora gerente del FMI, Christine Lagarde, se posicionó claramente en contra del presidente de EE UU, afirmando que está «contra los líderes políticos que enaltecen el proteccionismo» porque esta actitud tiene unos efectos negativos que parecen olvidar los países que los activan. «Amnesia colectiva», lo llamó Lagarde.

Si la economía mundial no es lo suficientemente fuerte para afrontar este cambio de paradigma en el comercio internacional, el FMI ya advierte de que se cierra la «oportunidad» para mantener el crecimiento global. Achacan a las disputas comerciales y a la crisis en los países emergentes este nuevo panorama. «Los conflictos comerciales serán negativos para todas las economías, no solamente para Estados Unidos y China, sino para las economías de todo el mundo, incluyendo las asiáticas», aseguraron este sábado desde el Comité Monetario y Financiero Internacional.

14.10.2018. Vocento. Edurne Martínez. Sur. Leer Más

EL DINERO SOBERANO Y EL PAPEL DE LOS BANCOS

En lugar de vetar la actividad crediticia de los bancos, una línea más comedida se decanta por mejorar la regulación pública e incrementar sustancialmente los requerimientos de capital puro de las entidades bancarias

En junio de este año se celebró un referéndum en Suiza acerca del ‘Vollgeld’ (‘dinero soberano’), en el que se sometió al electorado la propuesta de prohibir a los bancos comerciales su capacidad de creación de dinero a través de los préstamos concedidos a consumidores y empresas. La propuesta fue rechazada, aunque contó con un significativo porcentaje de respaldo.

Como en tantos otros aspectos, la crisis financiera internacional de 2007-2008 ha tenido bastante que ver en la reactivación de un movimiento conducente a acabar con el papel tradicional de los bancos. Las crisis bancarias han sido frecuentes y han ocasionado costes importantes para la economía. Mucho tiene que ver en todo ello, para lo bueno y lo malo, el ciclo del crédito bancario. En épocas de bonanza, tienden a olvidarse los riesgos, y el crédito se expande y ayuda a expandirse a la actividad económica; en épocas de declive, la financiación crediticia se contrae, dificultando cualquier viso de despegue. Los bancos están en el centro de la dinámica económica, pero ellos mismos se ven afectados directamente en primera línea: sus cuentas son boyantes cuando el ritmo de crecimiento económico es elevado y las tasas de los impagos crediticios son nulas o inapreciables; el panorama cambia radicalmente cuando decae la actividad crediticia y se disparan los impagos. Y no digamos las dificultades que pueden surgir en el apartado de la liquidez si, por pérdida de confianza u otros factores, los depositantes reclaman en bloque sus saldos bancarios. Es en tales ocasiones cuando se ponen de manifiesto las dificultades inherentes a la actividad de intermediación bancaria y la vulnerabilidad de sus pilares. ¿Debería suprimirse el papel de los bancos como intermediarios financieros?

14.10.2018. Diario Sur. Tribuna. JOSÉ M. DOMÍNGUEZ MARTÍNEZCatedrático de Hacienda Pública de la Universidad de Málaga. Leer más

La ‘tormenta perfecta’ que los ‘gurús’ atisban para anunciar otra crisis mundial

El retorno del estancamiento con inflación por las guerras comerciales; una deuda, soberana y privada, de 157 billones de dólares, el doble del PIB global; revalorización del dólar, que ha zarandeado el mercado de divisas; sacudidas de volatilidad bursátil y alta tensión en los mercados emergentes. Son algunos de los grandes nubarrones que detecta el FMI. Pero no los únicos ciclones en el horizonte, según los analistas.

El oráculo del mercado señala a 2020. Sus presagios hablan de que, para entonces, las hostilidades comerciales se habrán recrudecido. Que los hasta ahora socios económicos de EEUU -y la mayor potencia planetaria- estarán en el fragor de las batallas por registrar superávits o, según los casos, por eliminar los déficits de sus balanzas de intercambios de bienes y servicios. En medio de otra tormenta perfecta; de una nueva singladura recesiva. También profunda. Porque el proteccionismo se ha apoderado de las agendas políticas del mundo industrializado. Al principio, fue sólo una ralentización. Un parón al que condujo Donald Trump a sus aliados. Pero luego fue tomando una mayor dimensión.Hasta volver a situar al G-7 al borde de la contracción sincronizadas de sus economías. Debido a que el encarecimiento de la financiación internacional por las subidas de tipos de los grandes bancos centrales, que acabaron siguiendo la estela de la Reserva Federal, encarecieron las inversiones empresariales y los gastos de hogares y de consumidores. Hasta el punto de revertir el ciclo de negocios estadounidense. Las bolsas se desploman y la Casa Blanca aumenta sus trabas aduaneras a las importaciones de China, cuyo sector exterior y sus empresas, en una espiral de endeudamiento gradual, subsisten a duras penas por el férreo control del valor del rinminbi desde la jerarquía económica de Pekín. Los flujos comerciales e inversores se obstruyen hasta casi la parálisis.

¿Realidad o ficción? A juzgar por el reciente diagnóstico del FMI, en su reunión de otoño -en esta ocasión, en Bali- el escenario es más que factible. Ya no disimula su apuesta por una crisis dentro de dos años. Después de recortar, por primera vez en el último bienio, sus previsiones de crecimiento global. Lo hizo en dos décimas, hasta situar su predicción en el 3,7%. En el cálculo del mercado, cualquier repunte del PIB mundial inferior al 3% anticipa recesión. Hace un año, en su World Economic Outlook (WEO) otoñal, el de 2017, hablaba de que las potencias industrializadas ya no disponían del acopio de combustible monetario y fiscal que usaron tras la quiebra de Lehman Brothers para activar estímulos financieros y económicos. Ante una -decían entonces- hipotética crisis. Esta semana, en la isla indonesia, su economista jefe, no sólo abandonó el beneficio de la duda, sino que incidió en que “hay nubarrones a la vista por la súbita debilidad de la actividad” y porque la pérdida de dinamismo “ofrece muestras de un mayor desequilibrio de lo esperado”, precisó Maurice Obstfeld. En su opinión, el ritmo del PIB mundial del pasado ejercicio, el más vigoroso desde 2011, cuando surtieron efecto los multimillonarios programas para espolear la actividad en las economías con mayores ingresos, no volverá en los años venideros.

14.10.2018. Público. Diego Herranz. Leer más

MÁS INFORMACIÓN

Daniel Lacalle: «Si nadie impide este despropósito, España será la siguiente Italia»

Los datos económicos que se van conociendo hay que verlos sin alarmismo, pero sí con preocupación. Lo mismo que los globos sondas del Gobierno con anuncios apocalípticos.

-¿Cuál es su diagnóstico de la economía española?

-Se encuentra en una fase de desaceleración moderada, en la que todavía mantiene el impulso de las reformas de los últimos años. Pero es verdad que se empieza a notar en los últimos meses que hay indicadores que deberían llevarnos a una reflexión.

-Desde algunos púlpitos se está dando a entender que volvemos a las crisis de 2009 o 2011.

-La razón por la que la gente teme esta desaceleración es porque ya ha vivido épocas en las que se nos decía que se trataba de una desaceleración moderada y acabamos metidos en una crisis tremenda.

-¿Lo más preocupante en estos momentos es la incertidumbre política?

-La incertidumbre hace daño, pero, sobre todo, la perplejidad que dejan los anuncios del Gobierno y se desmienten unas horas después, si no a los cinco minutos. No hay que incentivar la incertidumbre con anuncios apocalípticos.

-¿Se nota esa incertidumbre?

-Se está dejando notar en los datos de contratación, muy pobres y mostrando una tendencia a la baja. En la creación de empresas, parece lógico pensar que dentro de unos meses haya un efecto de retraimiento en la inversión. Son datos que hay que verlos con cautela, sin alarmismos, pero con preocupación.

-No hay nada grave, pero sí muchos indicadores que advierten de que algo está pasando o va a pasar. ¿Es así?

-Es evidente.

-¿No está disparando el Gobierno a todos los sitios?

-Nunca hemos visto en un periodo tan corto de tiempo la cantidad de anuncios de medidas a poner en marcha: guerra al diésel, impuestos para todo, pensiones…). Parece un broma.

-¿Qué lectura hace del último informe del FMI?

-Fue un informe muy diplomático, extremadamente diplomático. Intentaba ser constructivo con el Gobierno. Pero dice cosas importantes. Habla de la dificultad para la contratación, para crear empresas y empleo. No quería enviar mensajes apocalípticos para enrarecer el clima aún más.

-¿Qué es lo que más preocupa de la economía española?

-Que un Gobierno que llega con una situación de crecimiento en la que podríamos atender nuestros compromisos con Bruselas de una manera muy holgada tome como decisión aumentar los desequilibrios estructurales en un momento en que no es necesario. En España no hay ninguna necesidad de aumentar el gasto público. Cuando te encuentras con una desaceleración económica moderada, a nadie, con dos dedos de frente, con lo que hemos visto en el pasado, se le ocurre subir impuestos y aumentar el gasto.

-¿Subir impuestos es una decisión suicida?

-No se pueden subir los impuestos. España, los ciudadanos, los autónomos y los empresarios han visto ya una subida muy grande de impuestos a nivel nacional y especialmente a nivel autonómico. Hasta Tsipras va a bajar el Impuesto sobre Sociedades; Portugal también va a recortar el IRPF…

-¿Cuál sería política más razonable ahora?

-Estabilidad presupuestaria. Unos presupuestos en los que se ponga como objetivo fundamental mantener el gasto social y reducir las ineficiencias que hay en el gasto público.

-Nada que ver con el acuerdo PSOE-Podemos

-Es un despropósito. Aumenta agresivamente los gastos estructurales y sube impuestos que penalizan el empleo y la inversión. Es completamente antisocial.

-Lo contrario de lo que venden.

-Es un acuerdo irresponsable.

-¿Quién va a pagar la fiesta?

-Los ciudadanos, con más impuestos, más deuda y mayores recortes en el futuro.

-¿Es España un país con muchos impuestos, altos y en donde se recauda poco?

-No recaudamos poco porque los impuestos sean bajos, sino porque tenemos unos impuestos demasiados altos que no permiten que entre más gente en el mercado laboral, se contrate más gente, se invierta más…

-¿Qué va a presentar mañana el Gobierno a Bruselas?

-Va a presentar una senda de reducción del déficit que sus propios socios de coalición le van a rechazar de plano.

-¿Habrá finalmente presupuestos para 2019?

-Confío en que la responsabilidad del PNV y otros grupos hagan que este despropósito no prospere y que Bruselas los tumbe drásticamente. Si no, España será la siguiente Italia.

14.10.2018. La razón. Jesús Martín. Leer más

El Gobierno rebaja una décima la previsión de crecimiento de la economía española este año y el próximo

El Gobierno ha revisado a la baja la previsión del crecimiento de la economía este año y el que viene, una décima en ambos casos. Sitúa la subida del PIB en el 2,6% este año y en el 2,3% el que viene. La ministra de Economía, Nadia Calviño, ha asegurado que se trata de unas previsiones “prudentes”, que se encuentran en los “límites inferiores” de los rangos de estimaciones nacionales e internacionales. La desaceleración de la economía se debe a factores como el  retraimiento del consumo interno desde 2017, el final de los llamados “vientos de cola” (petróleo barato, turismo, depreciación del euro) y las guerras comerciales.

15.10.2018. El Diario. es. Leer más

 

Contrarrestar las finanzas terroristas

Por Colin Clarke para Revista de Política Exterior de 07.09.2018

Desde el 11-S la cooperación internacional se ha centrado más en la captura y eliminación de los que financian el terrorismo que en la aplicación de las medidas adoptadas. El uso de las monedas virtuales, el terrorismo low-cost o las redes hawala son algunos de los retos que se plantean. Leer más…

Los requerimientos óptimos del capital de los bancos: la contribución de W. R. Cline

NOTA DE LA REDACCIÓN:

El Gobierno tiene previsto el aumento de imposición de los bancos a las arcas del tesoro. En este artículo se reflexiona sobre la cuestión y al mismo tiempo, se expone pedagógicamente una parte de lo que es el sistema financiero. El Foro no necesariamente está de acuerdo con los planteamiento del autor, el cual es el único responsable de sus opiniones.

Por José Manuel Domínguez Martínez, catedrático de Hacienda Pública de la Universidad de Málaga, publicado en “Tiempo Vivo”

La gran crisis financiera internacional de 2007-2008, convertida en eje de la Gran Recesión, ha desatado numerosas reacciones en los planos más diversos. El regulatorio es uno de los que, en toda lógica, ha registrado una mayor actividad, impulsada por el firme propósito de reforzar la arquitectura del sistema financiero a fin de evitar la repetición de episodios como los vividos en la primera mitad de la presente década, que han causado tan elevados costes económicos y sociales.

Dentro de las medidas arbitradas o propuestas no han faltado algunas movidas por una voluntad ejemplarizante y redentora, alimentadas por un deseo de que las principales entidades identificadas como causantes del descalabaro expiaran sus culpas. Sin que ello implicara, en ningún momento, pararse a pensar que, en el camino, pudieran pagar justos por pecadores. Una vez activado el mecanismo de la condena generalizada al sector financiero es difícil abstraerse de la fuerza de la corriente imperante. Ese espíritu se percibe incluso en el estilo y el contenido de los trabajos académicos, que en no pocas ocasiones parten de axiomas a los que posteriormente se trata de buscar alguna justificación teórica y/o empírica.

Hasta tal punto es así que encontrarse con un trabajo como el de William R. Cline (“The right balance for banks. Theory and evidence on optimal capital requirements”, Peterson Institute for International Economics, Washington, DC, 2017), que, de entrada, no se alinea con las tesis dominantes sino que, siguiendo una rigurosa metodología científica, trata de llegar a conclusiones fundamentadas, no deja de constituir una cierta sorpresa.

Una de las prioridades de la reforma regulatoria de los últimos años ha sido el incremento del nivel requerido de los recursos de capital de primera categoría, complementados con otros recursos que puedan convertirse contingentemente -esto es, si se cumplen determinados supuestos de debilidad financiera- en capital, de manera que puedan ser utilizados para compensar pérdidas. La finalidad de que las entidades bancarias puedan disponer de suficiente margen para absorber pérdidas inesperadas es doble: por una parte, limitar la presencia en el mercado a instituciones con adecuados niveles de solvencia; por otra, aislar al presupuesto público del impacto de situaciones de crisis bancarias, aparcando así la vía de los controvertidos rescates públicos.

Aparte de un claro reforzamiento de la actividad supervisora, tanto en extensión como en intensidad, las entidades son sometidas a pruebas periódicas de estrés con objeto de calibrar la capacidad de aquéllas para hacer frente de forma autónoma a situaciones adversas. Asimismo, las entidades han de tener aprobados un plan de recuperación en el que se detallen las medidas disponibles para obtener capital o disminuir los requerimientos de éste. Igualmente, han de preparar un plan de resolución, de forma que, ante una eventual situación de inviabilidad, no reversible, se pueda llevar a cabo una finalización ordenada de la actividad o propiciar su continuidad en el marco de otra entidad viable, todo ello sin incurrir en un colapso perjudicial para el sistema.

Los recursos de capital puro tienen una importancia crucial para la solvencia de cualquier sociedad mercantil. Su característica básica es que no existe ninguna exigibilidad externa respecto a los mismos, por lo que pueden ser utilizados libremente por la sociedad para hacer frente a cualquier pérdida inesperada. En sentido estricto, el capital puro efectivo es lo que quedaría disponible después de que la sociedad haya hecho frente a todas sus obligaciones con terceros. Evidentemente, mientras mayor sea el “sobrante” de recursos por encima del importe de las obligaciones, mayor será la solvencia de la entidad, y mayor el margen para asumir pérdidas no previstas.

Hay dos vías básicas para nutrir los recursos propios de primera categoría, bien la emisión de nuevas acciones, bien la retención de beneficios netos mediante la dotación a reservas.

¿Cuál es el nivel mínimo de tales recursos que debe exigirse a una entidad bancaria? En una entidad de este tipo concurren una serie de características que le confieren unas connotaciones singulares respecto a otras entidades no financieras. En su versión tradicional, los bancos desempeñan una función económica como intermediarios financieros. Ésta se ha sustentado esencialmente en la captación de depósitos del público con objeto de realizar préstamos también al público. La transformación de vencimientos llevada a cabo, a fin de compatibilizar la existencia de depósitos a la vista y a corto plazo con préstamos a largo plazo conlleva ineludiblemente un problema de gestión de la liquidez. Eventualmente, un banco solvente, cuyos recursos totales permitan atender todas las obligaciones, podría devenir en inviable en la práctica si no dispone de fuentes adecuadas de liquidez.

Pero el problema de la solvencia es distinto. En esencia radica en la calidad de los activos en los que se invierten los fondos captados por una u otra vía. Dado que, en circunstancias normales, una parte de los activos sufrirá algún deterioro por el curso normal de los negocios, la entidad, dentro de sus costes ordinarios, deberá ir constituyendo unas provisiones para hacerles frente cuando finalmente se materialicen. Supongamos que una entidad ha captado recursos por importe de 100 unidades monetarias que invierte en un activo de igual cuantía. Puede darse el caso de que el valor estimado del activo se sitúe, como consecuencia de una pérdida esperada, en 90 unidades monetarias. Puesto que el valor de la deuda contraída no baja sino que mantiente intacto su valor nominal, el banco, a partir de los recursos generados, deberá apartar un importe de 10 unidades monetarias para poder atenderla en su integridad.

Bajo este esquema, las pérdidas esperadas deben cubrirse por la vía de las provisiones ligadas a la gestión normal del negocio. Puede ocurrir, sin embargo, que la entidad haya de hacer frente a otras pérdidas no esperadas. De no tener recursos propios suficientes, la entidad sería insolvente y no podría cumplir sus obligaciones financieras. Mientras mayor sea el volumen de recursos propios, mayor será la capacidad de la entidad para hacer frente a circunstancias sobrevenidas sin poner en peligro su estabilidad.

Ésa podría ser una regla a aplicar, la mejor sin duda desde la perspectiva de la solvencia. Sin embargo, como suele ocurrir, lo que es bueno desde un punto de vista puede tener inconvenientes desde otro distinto. De manera simplificada, para poder conceder crédito no sólo hace falta disponer de recursos ajenos para poder canalizarlos, sino también de capital. Si éste es escaso o difícil de captar, unas mayores exigencias de capital implicarán una menor capacidad de concesión de crédito. Por tal motivo, las autoridades públicas han tratado de buscar una solución que permitiese un equilibrio entre ambos objetivos, preservar la solvencia y posibilitar el canal del crédito bancario.

En el año 1988, los principales países industrializados adoptaron el (primer) Acuerdo de Basilea sobre los requerimientos mínimos de capital exigibles a las entidades bancarias. A tal efecto se estableció un nivel mínimo del 8% de los activos ponderados por riesgo (APR). Éste se conoce como el modelo estándar. Posteriormente, merced a la revisión efectuada en el año 2004 (Basilea II), entre otros aspectos, se permitió que los bancos aplicaran modelos internos para determinar sus necesidades de capital.

A pesar del avance que habían supuesto, como amargamente ha mostrado la realidad, las reglas de Basilea no fueron suficientes para impedir el desencadenamiento de la crisis financiera internacional de 2007-2008. Ya en plena vorágine, hacia finales de 2010, el Comité de Basilea sobre Supervisión Bancaria difundió nuevas reglas, que pasaron a conocerse como Basilea III, que, además de elevar las exigencias cuantitativas, endurecieron los criterios de calificación de los recursos como capital. Su aplicación, no obstante, ha sido gradual. Una vez que acabe el período transitorio, a partir de 2019 los requerimientos mínimos de capital serán los siguientes: i) ratio de capital de primera categoría (CET1) del 4,5% de los APR, que, unida al colchón de conservación del capital (2,5%), implica una ratio del 7%; ii) ratio de capital total (incluyendo los recursos de primera y de segunda categorías) del 10,5%.

Hay que tener en cuenta, adicionalmente, que la normativa se basa en la articulación de tres pilares: el primero, que se corresponde con los requerimientos mínimos regulatorios; el segundo, que comprende asimismo los requerimientos adicionales que se derivan del proceso de supervisión prudencial; el tercer pilar, vinculado a la disciplina de mercado.

El referido estudio de W. R. Cline tiene como propósito cuantificar los costes y los beneficios para la economía por el hecho de requerir recursos adicionales de capital a los bancos, con vistas a valorar si la normativa de Basilea III mantiene un adecuado equilibrio entre los dos objetivos antes señalados, fortalecer la seguridad de los bancos y evitar un corsé excesivo sobre la actividad económica.

Su análisis se basa en una confrontación de los beneficios y los costes de ampliar los mencionados requerimientos de capital: comprobar si las ganancias adicionales derivadas de reducir el riesgo de crisis compensan los costes adicionales de exigir un mayor capital. Según este investigador, las reformas de Basilea III, que establecieron una mayor capitalización de los bancos, no han sido suficientes. Con base en sus estimaciones, dicha capitalización debería elevarse en torno a un tercio, lo que equivaldría a una ratio de capital total del orden del 13,7% de los APR.

A pesar de que el planteamiento de W. R. Cline supone un notable incremento de las exigencias de capital, resulta bastante modesto en comparación con el realizado por Anat Admati y Martin Hellwig, en una obra (“The bankers’s new clothes: what’s wrong with banking and what to do about it”, 2013), que ha alcanzado una amplia difusión. En dicha obra, de la que se ofrece una reseña en el número 12 de la revista eXtoikos, se propugna situar la ratio de capital de los bancos en niveles del 35% al 55% de los APR (entre un 20% y un 30% de los activos totales).

Una mirada alternativa a la relación entre la tasa de desempleo y la inflación

Resumen: En este artículo se muestra cómo la tasa de desempleo en España es, con diferencia, una de las más elevadas de Europa. La reforma laboral de 2012 ha tratado de eliminar algunas de las rigideces de nuestro mercado de trabajo, aunque con un éxito moderado por el momento. Una adecuada valoración del impacto de la inflación en los salarios nominales, conocida tanto por los empleadores como por los empleados y sus representantes, podría haber servido para mitigar la destrucción del tejido empresarial y, por tanto, de empleo, en estos años posteriores a la crisis financiera.

José Máría López Jiménez en eXtoicos

El cuaderno rojo: imponderables al pedir un crédito

Reseña del libro “El cuaderno Rojo: imponderables de pedir crédito”: 26.08.2018. Todo son finanzas

Benjamin Constant es una muestra del hombre ilustrado europeo. Viajó por todo el continente, dominó varios de sus idiomas, fue culto, refinado, seductor y vividor, con frecuencia se batió en duelo, y desempeñó relevantes cargos públicos en la Francia posterior a Napoleón.

De sus múltiples idilios el más sonado fue con Madame de Stäel, y de su círculo de relaciones merecen ser destacados personajes de la talla de Sismondi, Goethe o Schiller.

Pasados los cuarenta comenzó a redactar sus memorias, que no llegó a concluir, y que se centran en sus primeros 20 años de vida, especialmente en lo acaecido en 1787, dos años antes de la Revolución. Se trata de “El cuaderno rojo” (Periférica, 2008), por el  color de las tapas del cuaderno en que fueron escritas.

Son unas memorias que han servido de modelo para otras escritas con posterioridad, en las que se aprecia el carácter del joven Constant, no muy diferente del del Constant maduro (“Sola inconstantia constans”, era su lema). En la nota preliminar de Manuel Arranz de la edición a la que hemos tenido acceso se le define como “impulsivo, ingenuo, caprichoso, tímido, temerario, voluble, apasionado, indeciso, decidido, intrigante” (pág. 11).

Constant, como todo buen jugador y “bon vivant”, contraía deudas por doquier, que, por supuesto, eran diligentemente satisfechas por su padre. “El cuaderno rojo” muestra cómo a finales del siglo XVIII era frecuente el libramiento de letras de cambio para instrumentar y asegurar el pago de deudas, así como la existencia de bancos con presencia en varios Estados, ya fuera bien mediante la apertura de sucursales, bien mediante relaciones de corresponsalía.

A propósito del juego y las deudas, Constant relata “una aventura bastante divertida con una de las mujeres más ancianas del círculo de Madame Suard” (págs. 47-50):

“Se trataba de Madame Saurin, mujer de Saurin, el filósofo y autor de Espartaco. Había sido muy hermosa, cosa que sólo recordaba ella, pues tenía sesenta y cinco años. Me había distinguido con su amistad, y aunque yo había cometido la equivocación de burlarme un poco de ella, tenía más confianza en Madame Saurin que en cualquier otra persona de París. Un día había perdido en casa de Madame de Bourbonne todo el dinero que tenía, y todo el que me había podido jugar a crédito. Presionado para que pagara, se me ocurrió recurrir a Madame Saurin para que me prestase lo que me faltaba. Pero como yo mismo desaprobaba aquella acción, le escribí en lugar de hablarle, diciéndole que iría a recoger su respuesta durante la velada. Y, en efecto, fui. La encontré sola. Mi timidez natural, aumentada por las circunstancias, hizo que esperase bastante tiempo a que ella me hablase de mi nota. Finalmente, como ella no decía palabra, me decidí a romper el silencio, y empecé ruborizándome, bajando la mirada, y con una voz trémula:

—Os extrañará, tal vez —le dije—, mi atrevimiento. Me entristecería que os formarais de mí una impresión desfavorable por algo que no me hubiera atrevido a pediros nunca, si su amistad, tan grata para mí, no me hubiera animado a ello; la confesión que acabo de haceros, que vuestro silencio me hace temer que os haya ofendido, me ha sido arrancada por un irresistible impulso de confianza en usted.

Todo esto lo iba diciendo deteniéndome en cada palabra, y sin mirar a Madame Saurin. Viendo que no respondía nada, levanté la mirada y vi en su expresión de sorpresa que no daba crédito a mi sermón.

Le pregunté si no había recibido mi carta, y resultó que no. Desconcertado, de buena gana hubiera retirado mis palabras, si hubiera encontrado otros medios para salir del atolladero en que me encontraba. Pero no tenía más recursos. Había que continuar. Y continué:

—Usted ha sido tan buena conmigo, me ha demostrado tanto cariño. Tal vez me haya hecho demasiadas ilusiones. Pero hay momentos en que un hombre pierde la cabeza. Nunca me perdonaré si he traicionado su amistad. Por favor, permítame que no hable más de esa desafortunada carta. Permítame que le oculte lo que escapó de mí en un momento de obnubilación.

—No —me contestó—, confíe en mí. Quiero saberlo todo, acabe, acabe.

Y se cubrió el rostro con las manos mientras todo su cuerpo temblaba. Comprendí claramente que había tomado todo lo que acababa de decirle por una declaración de amor. Aquella equivocación, su emoción y una gran cama de damasco rojo que había a dos pasos de nosotros, me sumieron en un inexplicable terror. Pero reaccioné como un cobarde indignado y me apresuré a deshacer el equívoco.

—En el fondo —le dije—, no sé por qué la molesto con algo tan insignificante. He cometido la torpeza de jugar, perdí algo más de lo que dispongo en este momento, y os escribí para saber si podríais hacerme el favor de prestarme lo que me falta para salir del paso.

Madame Saurin permaneció inmóvil. Apartó las manos de su rostro, que ya no necesitaba ocultar. Se levantó sin decir una palabra y me entregó el dinero que le había pedido. Estábamos tan turbados, ella y yo, que todo transcurrió en silencio. Ni siquiera abrí la boca para darle las gracias”.

En conclusión: a la hora de pedir dinero a crédito, sobre todo para saldar deudas de juego, hay que ponderar todos los riesgos, incluso los más insospechados…