Rebelión

Por Joaquín Luiz Ramírez, publicado en Diario Sur en Opinión

Había una vez un gran reino europeo del sur en el que, a pesar de la democracia, la justicia, la ley y la historia, algunos partidos llamados nacionalistas se oponían a su continuidad. Las razones esgrimidas por los a sí mismos considerados diferentes oscilaron entre la reivindicación de la cultura propia a la existencia de una lengua autóctona, pasando por la denuncia de una opresión realmente invisible. A estos partidos perteneció mucha gente inteligente, quizá envuelta en un determinado clima, algo cegato y ciertamente ensordecedor, difícil de describir, que intentó poner sus más convincentes argumentos a favor de su causa. Con todo pasaron muchas cosas y, aunque nunca conseguían ser mayoría, decidieron cortar por lo sano e imponer sus razones por encima de la ley y hasta de la convivencia. Hubo mucho y muy variado, por partir de alguna parte, la destrucción de un coche patrulla de la Guardia Civil y una turba en la calle que físicamente impidió que varios guardias civiles que, como policías judiciales, habían entrado a notificar a la Consejería de Economía, pudieran salir de allí durante muchas horas. Y hasta un 1 de octubre en que se quiso celebrar un referéndum que ninguna norma podía amparar. Los colegios electorales no fueron clausurados por los Mossos de Esquadra (Mozos de Escuadra -sic-) tal y como les dictó la orden judicial al efecto, nadie pudo ni supo encontrar las urnas chinas que los organizadores dispusieron para la perfomance y la Policía Nacional y la Guardia Civil no pudieron impedir que se diera la mostra ilegal. Hubo dos heridos graves y quizá quince, veinte o veinticinco leves, pero la ‘crida golpista’ dijo que fueron mil heridos, sin más; aún lo dice.

A resultas de todo ello, la justicia acusó a los que organizaron y promovieron el golpe fallido, aplicándoles la ley como corresponde a un estado de derecho. A la expresa negativa independentista de acatar las leyes españolas se sumó una auténtica oleada que argumentó -y hoy también lo hace- que estas leyes no han sido infringidas en absoluto. Negaron y niegan la rebelión, la sedición y también la malversación, que la conducta instruida por la justicia sea antijurídica y también que se trate de ninguna correspondiente descrita por el código penal y como tal tipificada.

Para la lógica secesionista basta hablar de ‘votar’ y de ‘democracia’ para determinar que la aplicación de la ley no ha lugar, basta hablar de que sus defendidos son ‘demócratas’ y ‘pacíficos’ para dictar que ni hay delito ni hubo violencia. Basta que algunos de sus políticos sean detenidos y cumplan prisión preventiva por orden judicial para que se trate de ‘presos políticos’. Hasta aquí el bloque constitucional, PP, PSOE y C’s, respaldó el cumplimiento de la Constitución y la ley, la instrucción y la marcha de los acontecimientos judiciales. Pero el cambio del rol de Sánchez con su arribada a Moncloa ya hoy parece que insta a modificar la música y hasta la letra de esta pieza. Pues, aunque el Partido Socialista es un partido constitucional, algunos de sus dirigentes -confundidos por el mito de lo irredento- han caído en la tentación de querer entender a los que hasta aquí y en puridad llamamos golpistas. Ello u otras variables, como algún compromiso secreto incluido en el pacto para votar la Moción de Censura… O, incluso la posibilidad de querer ganarse algún favor para poder aprobar los presupuestos.

La Abogacía del Estado ha obviado a bombo y platillo la querella por Rebelión, es el hecho. Y no se trata de prejuzgar, los analistas, los que opinamos, no calificamos ni juzgamos, pero vemos con nitidez como el Gobierno deserta parcialmente de su obligación. También a esta lamentable decisión quieren llamarle moderación y empatía, pero es irresponsabilidad, cobardía y abandono del deber.

A estas horas -según se sabe- la Fiscalía mantiene la acusación. Luego será lo que tenga que ser. El Tribunal Supremo juzga y sentencia. A Sánchez le encantaría indultar, si puede y si llega. España es un gran reino europeo del sur, democrático y social. España es un estado de derecho, todos estamos sometidos a la ley, una ley que aprueban las Cortes Generales a través de los representantes que el Pueblo Soberano elige votando en las urnas legales.

¿Cuándo aprenderemos?, por Rafael Esteve Secall

No aprendemos. El lenguaje no es inocuo ni las palabras son inocentes; están cargadas de intenciones espurias. ¿Por qué si no se llama postverdad a lo que simplemente son mentiras?

Lo digo porque somos – me refiero a los constitucionalistas- tan ingenuos  que hasta le hemos comprado las armas lingüísticas al enemigo independentista. Porque sí; Torra, sus secuaces y el mundo independentista catalán, son el enemigo interior de España que, una vez destruida la convivencia en Cataluña, quiere destruir también la del resto de España. Y no nos damos cuenta de la ventaja que les damos de partida. Ya nos ocurrió con ETA cuando, por ejemplo, utilizábamos el concepto “impuesto revolucionario” cuando la verdadera palabra era el chantaje, la extorsión o cualquier otro sinónimo. Aceptando el lenguaje del enemigo le damos la ventaja de extender un manto de legalidad y respetabilidad  a lo que simplemente es delito.

Esto mismo está ocurriendo con los golpistas catalanes –¡ay, Zapatero!- que no sólo engañan con mentiras permanentes a los catalanes, sino que –como la gota malaya-  acaban también por intoxicar a los bienintencionados españoles constitucionalistas.

Por ejemplo al comprar el concepto “choque de trenes”. Nunca ha habido ni habrá tal choque. Porque el tren de España tiene la vía expedita mientras que el de Cataluña va por otro lado y ha acabado en el tope de una vía muerta que se llama Constitución. Y ni España ni Europa, por mucho que se empeñe el independentismo catalán, quitarán nunca  ese tope porque se negarían  a sí mismas y volveríamos a las andadas del cáncer nacionalista que tantos muertos originó en el siglo XX.

Algo similar ocurre con el que ellos denominan “derecho a la autodeterminación”, que además de ser un insulto a los españoles –porque, razones jurídicas y legalidades aparte, aceptarlo sería admitir que Cataluña es una colonia ¡explotada! por el resto de España-, cubre de una cierta respetabilidad a lo que es en realidad, algo que suena bastante peor: el “derecho a la secesión”.

Por eso ante la matraca de la autodeterminación hay que responder permanentemente con la palabra secesión. Si ellos hacen oídos sordos a los razonamientos, hagamos nosotros igual. ¿Referéndum…  para la secesión? ¿Dónde se ha visto eso?  Y esto vale para los políticos, aunque ya sabemos que sus intereses personales o partidistas, prostituyen su lenguaje. Pero también, y de manera relevante, para los periodistas y medios de comunicación tan importantes en la batalla de la propaganda que no estamos dando. Y lo mismo podríamos decir de otros muchos conceptos. Bueno algo se está haciendo por combatir lo de los “presos políticos”, por la realidad de los “políticos presos”. Buena prueba de que el orden de los factores sí altera -y mucho- el producto.

No obstante, aparte de los golpistas declarados, hay en Cataluña una amplia red de catalanes muy respetables y  respetados en el resto de España que muy sibilinamente también utilizan el contrabando de las palabras y los conceptos para inocular el virus del independentismo. No quiero dar nombres  pero detrás de esas imágenes existe la deliberada intención de situar en pie de igualdad a Cataluña con España. Algo que nunca debemos cansarnos de repetir es una falacia histórica. El bonito “cuento” que colocan a quien ingenuamente se lo traga es el del matrimonio mal avenido que quiere un pacífico acuerdo de divorcio o cambiar las bases de su convivencia.

Sin embargo la realidad es que nunca existió tal matrimonio. Lo que ha habido es una familia que se articuló alrededor de una monarquía -que cambió de dinastía en un momento de la historia e incluso intentó un par de veces eliminarla-, a la que se llamó España, integrada por muchos hijos que  se fueron uniendo bajo las banderas de esa monarquía en pie de igualdad, con respeto a algunas diferencias, y que hemos aceptado la inmensa mayoría de los españoles. Y la hija Cataluña, que siempre fue díscola, trató permanentemente de beneficiarse lo más posible de la herencia que comparten todos los hijos, a costa de la herencia de los demás. Por tanto, si no hacemos pedagogía con la historia desgraciadamente –no solo en Cataluña sino en el resto de España- al menos batallemos para difundir nuestro cuento y no nos dejemos influir por el cuento catalán. Y siendo conscientes de que el sentimiento es muy difícil de combatir, utilicemos asimismo la racionalidad de los números y de los datos reales, que los hay, para desmontar las mentiras  que tantos se han tragado. Como hizo Borrell con su libro.

Finalmente, hay otra razón para no ceder ni un ápice en la obsesión del plano de igualdad entre Cataluña y España.  Escribo estos párrafos la víspera de la “minicumbre” de Barcelona por lo que ignoro qué ocurrirá mañana. Pero me parece un error más de Sánchez. Los independentistas nunca retrocederán un milímetro ya conquistado si no es por la fuerza del estado.  Por eso, cualquier milímetro que avanzan les da oxígeno para transmitir esperanza a los miles de catalanes que se sienten crecientemente defraudados y engañados por la milonga de la independencia cada vez más desvelada por el ejemplo de los problemas que el Brexit está planteando al Reino Unido. Por consiguiente,  cuanto antes se convenzan de que no conseguirán su objetivo, antes se saldrá del conflicto actual. Ceder algo aunque sea simplemente simbólico tiene la consecuencia de alargarlo y retrasar un final que no puede ser más que la derrota total de los actuales dirigentes independentistas.

Rafael Esteve Secall