El Papa y el sultán, por Francisco J. Carrillo

El Papa Francisco fue a Marruecos en son de paz y de diálogo. Y firmó con el rey de Marruecos un documento muy significativo sobre la multirreligiosidad

La reciente visita del Papa Francisco a Marruecos es de una destacada relevancia por sus claves religiosas y de relaciones internacionales. El Papa fue recibido con un protocolo austero pero de gran proximidad por el rey Mohamed VI, revestido con la túnica propia de comendador de los Creyentes, lo que también implica la cabeza tapada con una capucha que es parte integrante del hábito blanco-amarillento. El tema fundamental del «encuentro» (palabra muy querida por Francisco) giró en torno a la Ciudad Santa de Jerusalén (Al Qods Alcharif), a la libertad de conciencia y a la libertad religiosa y al diálogo islamo-cristiano. No por ello el Papa dejó de referirse a la dignidad de los emigrantes. Es probable que el Papa Francisco se inspirase en aquel viaje de San Francisco de Asís, en plena Quinta Cruzada (1218-1220), para encontrar, con la expresa desaprobación del nuncio pontificio, al sultán El Kamel que asediaba a la ciudad de Damieta ocupada por los cruzados en el delta del Nilo. San Francisco de Asís estaba en contra de las Cruzadas, que se habían desviado de su objetivo de conquistar Jerusalén y se concentraban en conquistas territoriales. Esa era también la opinión de los papas Inocencio III y Honorio III. San Francisco de Asís buscaba el diálogo y la paz, y dio testimonio de ello. Desde entonces, en el mundo arabo-musulmán se conocen a los franciscanos por los «hombre de la cuerda» (el cíngulo que en realidad era una cuerda).

El Papa Francisco fue a Marruecos en son de paz y de diálogo. Y firmó con el rey de Marruecos, comendador de los Creyentes, presidente del Comité Al Qods Alcharif (Jerusalén) y presidente de los Ulemas (teólogos) del Reino, un documento muy significativo sobre la multirreligiosidad, la singularidad de la Ciudad Santa, el respeto a los santos lugares de las tres religiones monoteístas (judíos, cristianos y musulmanes), que se dan cita en Jerusalén, ciudad que hay que «preservarla como patrimonio común de la humanidad». En el documento se subraya a Jerusalén como «lugar de encuentro y símbolo de coexistencia pacífica, en el que se cultivan el respeto mutuo y el diálogo». Insistiéndose en «la peculiar identidad cultural de Jerusalén/Al Qods Alcharif» que debe ser preservada y promovida. El documento de referencia finaliza: «Esperamos, por consiguiente, que se garanticen en la Ciudad Santa la plena libertad de acceso a los fieles de las tres religiones monoteístas y el derecho de cada una de ellas a realizar allí sus propios actos de culto, de modo que sus fieles eleven en Jerusalén/Al Qods Alcharif su oración a Dios creador de todo, por un futuro de paz y fraternidad en la Tierra».

El rey Mohamed VI se comprometió con la libertad de conciencia, con la libertad religiosa y con el diálogo islamo-cristiano, sobre la base de Abraham como referente común. Los objetivos de la visita eran fundamentalmente religiosos y, podemos añadir, espirituales, aunque el documento firmado sobre Jerusalén/Al Qods Alcharif produzca un impacto en Israel y en Palestina, así como en las relaciones diplomáticas internacionales. Sabido es que existe un statu quo internacional sobre Jerusalén que no la reconoce como capital de Israel. Este statu quo lo ha roto el presidente Trump al decidir trasladar la embajada de los Estados Unidos de Tel Aviv a Jerusalén, reconociendo de facto a Jerusalén como capital de Israel. Por otra parte, el primer ministro israelí Betanyahu ha hecho aprobar una ley sobre la judeización de Israel, redefiniendo al Estado como «judío» y no como el Estado de los judíos (como lo había diseñado el fundador del sionismo, Theodor Herzl), lo que margina legalmente a todo habitante israelí (fundamentalmente los árabes y los drusos, al igual que la minoría cristiana israelí) que no sea judío. Esta ley implica sin la menor duda la judeización de Jerusalén. El reconocimiento de Trump como Jerusalén capital del Estado judío, así como la judeización de Jerusalén, abren unas peligrosas vías para la agudización de las conversaciones de paz (hoy inexistentes) entre Israel y Palestina, y plantean una difícil preservación de la Ciudad Santa como «patrimonio común de la humanidad» y oscuras perspectivas a las comunidades no judías de Jerusalén/Al Qods Alcharif, al libre acceso y buena vecindad entre los administradores de los santos lugares de las tres religiones monoteístas. La Santa Sede, así como la comunidad internacional (excepto Trump y Brasil que ha anunciado el reconocimiento), no consideran a Jerusalén como capital de Israel. Los palestinos, como último punto a discutir de las negociaciones de paz, podrían llegar a aceptar la división de Jerusalén, con Jerusalén Este como capital del futuro Estado palestino. Objetivo hoy más lejano que nunca, salvo sorpresa en las próximas elecciones legislativas israelíes y en las de Estados Unidos.

El documento firmado en Marruecos entre el Papa Francisco y el rey Mohamed VI podría ser considerado como un importantísimo elemento para relanzar las conversaciones de paz. Pero con los datos expuestos más arriba, estando además Israel en estos momentos en campaña electoral con sondeos favorables a Netanyahu (con tres acusaciones por corrupción aún no resueltas por los tribunales), son previsibles dos hipótesis: o el rechazo del documento, o la callada por respuesta. Queda el otro lado de la moneda: la reacción del mundo arabo-musulmán.

06.04.2019. Diario Sur. Tribuna